El bosque encantado 🇪🇸

Hay lugares que terminan adquiriendo un significado que ningún mapa podría registrar. Espacios a los que uno regresa no solo por su belleza, sino porque algo en ellos parece responder a una necesidad difícil de explicar.

Durante una etapa decisiva de mi vida, encontré uno de esos lugares en los bosques de la Cresta de Lägern, al norte del cantón de Zúrich.
Allí, entre árboles cubiertos de nieve, temperaturas bajo cero y un silencio apenas interrumpido por el viento o los animales, establecí lo que acabé llamando mi «cuartel general». Tres árboles, tres puntos concretos del bosque y una práctica que, con el tiempo, dejó de ser únicamente meditación para convertirse en una forma de explorar los cambios que se estaban produciendo en mi interior.
Pero la naturaleza nunca fue un simple escenario. A veces parecía refugio; otras, maestra; y en ocasiones, incluso una presencia con un peculiar sentido del humor. Entre estados de profunda conexión, dudas, pequeños sobresaltos y encuentros inesperados con el mundo salvaje, aquellas escapadas fueron componiendo una experiencia mucho más difícil de explicar que de vivir.
Esta es una de esas historias.

El frío invernal se extendía por aquel hermoso paraje natural al que acudía cada vez que encontraba un hueco en mi agenda persona

Teniendo en cuenta las fechas, presentaba un aspecto estupendo y, a la vez, desolador: un panorama cubierto por una gruesa capa de nieve en medio de una de las muchas masas boscosas situadas al norte del cantón de Zúrich.
Una escena cautivadora, tanto por el blanco prístino que adornaba la superficie gélida del terreno como por los árboles y las plantas, que parecían estar recubiertos por una capa de algodón. Un espectáculo óptico difícil de igualar; imágenes que a menudo se ven plasmadas en postales de la Confederación Helvética, con paisajes montañosos suspendidos entre la pureza y la inmovilidad que evoca un sentimiento de paz.
Desolador también porque, a medida que me adentraba por una de las sendas que se perdían entre la frondosa arboleda, pude constatar que allí no había ni un alma. Lo cual tampoco era de extrañar, considerando que la temperatura debía rondar los cero grados centígrados o incluso situarse por debajo del punto de congelación.
Lo curioso era que el frío parecía desaparecer en cuanto extendía una bolsa de plástico para sentarme sobre el suelo nevado, apoyando la espalda contra uno de los tres árboles que había seleccionado como mis guardianes en mis frecuentes idas y venidas a aquel lugar tan magnífico.
Ese fue el sitio que decidí escoger como espacio idóneo para entregarme a la práctica de meditaciones profundas que me conectaban con la naturaleza de una forma genuina.
Alcanzaba, a veces, estados en los que tenía la sensación de mimetizarme con el entorno. En ellos, era habitual perder la noción del tiempo, diluido en esferas de conciencia en las que entregaba, de forma transitoria, mi identidad.
Descuidaba por completo que me encontraba en un sitio que, aunque solía ser poco concurrido, seguía siendo un espacio público por el que pasaban senderistas y donde tampoco faltaban toda clase de animales, aves y alimañas.
A veces eran ellos los encargados involuntarios de traerme de vuelta a esa realidad terrenal que abandonaba con frecuencia, sumergido en planos de los que iba extrayendo lo necesario para seguir forjando el delicado y exigente camino trascendente.
Aquellas abstracciones podían durar minutos u horas. En ese sentido, no me regía por pautas rígidas ni me forzaba a continuar si estaba falto de inspiración. Más bien, me dejaba llevar por el momento, fluyendo con emociones y pensamientos que me elevaban a los cielos o me arrastraban a los infiernos.
A ello habría que sumar factores externos menos determinantes, relacionados con la posición e intensidad del sol, las ventiscas, la temperatura ambiente y otras menudencias. En contadas ocasiones, mi estado anímico —sujeto a los vaivenes propios de la naturaleza humana— se deslizaba sobre una superficie inestable de certezas y absurdos, de culpas y penas, de miedos y dudas, haciendo de la práctica meditativa una tortura; un hecho difícil de aceptar.
Como indiqué con anterioridad, en lo que ya consideraba mi «cuartel general», tenía tres árboles enclavados en puntos estratégicos, según sintiera que debía ubicarme cada vez que acudía a conectarme con los elementos.
El primero estaba situado en lo alto de un peñasco desde el que se podía divisar un panorama extenso de la zona baja del valle, ubicada a unos pocos kilómetros de allí.
El segundo se encontraba a un centenar de metros, camino abajo; el tercero, en cambio, estaba a unos cincuenta metros del anterior. Eso sí, este último era menos visible desde el camino de tierra que atravesaba ese sector concreto del «bosque encantado».
La transformación interior que experimentaba no me permitía tomar una medida exacta de en quién me estaba convirtiendo, ya que no se trataba de algo que pudiera resolverse mirándome a un espejo.
En cambio, para mi entorno era algo más instintivo percibir que algo había cambiado… ¿pero qué? Al estar en mi presencia, notaban que ya no era el de antes, un hecho que les provocaba rechazo.
Ignoraban mis frecuentes escapadas al bosque y no tenían la más remota idea del aumento exponencial de las experiencias místicas que, en secreto, me estaban transformando de dentro a fuera.
Digamos que las personas cercanas a mí no poseían la capacidad de discernir la metamorfosis, pero sí advertían sus manifestaciones periféricas: desde mi aspecto físico y mi modo de comportarme o hablar hasta el cambio radical en mis costumbres culinarias y otras tantas.
Todo ello envuelto en un halo de misterio que les incomodaba, aunque no lo suficiente como para indagar en el porqué de esos cambios. Con decirse a sí mismos que ese tipo de temas les daba grima era suficiente.
«Mejor evitamos inmiscuirnos demasiado, no sea que vayamos a oír cosas que nos obliguen a cuestionar nuestro estilo de vida».
Por contraparte, estaba el factor que me generaba confusión y que tenía que ver con mi propia percepción. Al vivir el proceso con tanta dedicación, no encontraba la forma de medir su alcance ni la manera en que se proyectaba la imagen de mi «yo» en el mundo exterior.
En conclusión, no me veía a mí mismo si no era a través de la mirada de los demás. Lo cual hacía que esa visión fuera poco precisa, teniendo en cuenta que no todo el mundo te ve con buenos ojos.
En cuanto a lo que me generaba entrar en resonancia con la naturaleza como fuente de vida, eso era harina de otro costal. Pero no en un sentido ideológico ni ligado a tesis medioambientales —tan propias del discurso humano imperante, el cual no compartía y frente al cual me sentía en las antípodas—.

Para mí era algo más simple e intuitivo: un vínculo genuino que posibilitaba un intercambio desinteresado a través del tejido sutil del campo natural que rodea a todo ser vivo, eso que muchos conocen como el aura.
Había días en los que la conexión era tan intensa que las palabras se quedaban cortas. Cualquier analogía sonaría forzada, como intentar atrapar el aire con las manos. Era algo que simplemente sucedía: inexplicable pero real, como si el bosque y yo fuéramos uno.
Podría entenderse como una ósmosis de mi propio ecosistema con planos sutiles del mundo vegetal, o como un traslado de la consciencia a un lugar distinto, mientras mi cuerpo físico permanecía sobre el suelo con la columna erguida, facilitando el fluir de la energía.
Lo desconcertante seguía siendo la disparidad de los resultados según el día: unas veces me perdía en las insondables capas internas, hasta el punto de no saber si respiraba; otras, en cambio, no conseguía centrarme, perdido en debates internos que no llevaban a ninguna parte.
Luego había ocasiones en las que el fracaso se debía a factores exteriores extremos, como cuando se levantaban fuertes rachas de viento gélido que me hacían tiritar. Además, agitaba con violencia las ramas de los árboles, que amenazaban con quebrarse y caerme encima.
A ello habría que añadir lo que di en llamar las pesadas bromas del «espíritu del bosque», el cual, en contadas ocasiones, arrojaba un montón de nieve sobre mi cabeza desde las copas sin que tuviera tiempo de reaccionar. Primero me daba un susto de muerte y luego me dejaba tiritando de frío.
Pequeños percances con los que debía contar al adentrarme en una arboleda helada, alejado de los caminos que la cruzaban.
Este tipo de «inocentadas» no solo ocurrían por la acción de ventiscas; también pasaban cuando lucía el sol, lo que convertía el episodio en algo mucho más traicionero. El sombrero de nieve se desprendía en silencio, por efecto del derretimiento, desde la cima o las ramas de los árboles. Con la salvedad de que, en esos casos, la nieve estaba menos compactada y el coscorrón resultaba menos enérgico.
En este punto, necesito aclarar un aspecto fundamental: a mi modo de entender, la naturaleza posee un componente más etéreo que muchos niegan al no ser capaces de verlo, pero sí de sentirlo; de ello estoy convencido.
Me refiero a las múltiples leyendas, fábulas y mitos sobre los elementales de la naturaleza: hadas, gnomos, duendes, sílfides, ondinas y todo tipo de entidades que, según relatos de culturas ancestrales, pueblan los bosques, los ríos, los mares, el subsuelo y los aires.
¿Quién sabe si son imaginarios o si solo se manifiestan ante un tipo concreto de persona?? ¿Tal vez dependa de una capacidad particular que permita verlos o interactuar con ellos?
Este no es mi caso; sin embargo, como planteamiento que trata de explicar la composición de las estructuras no visibles y la forma en que se rigen —representadas por los elementos tierra, fuego, agua, aire y éter—, la considero una idea conceptual que cuenta con mi plena aprobación.
Con elementales o sin ellos, cada vez que me era posible me ponía en camino sin pensarlo demasiado. En cuanto llegaba al «bosque encantado», situado en la llamada «Cresta de Lägern», me sentía como en casa, envuelto por una compañía silenciosa que no juzgaba.
Si hay algo que deseo resaltar son aquellas visitas a mi cuartel general en las que sucedían cosas fuera de lo común; momentos para enmarcar, como cuando establecía un fugaz pero intenso contacto con el mundo animal salvaje. Porque eso fue precisamente lo que ocurrió uno de los días en los que decidí ir, a pesar del frío glacial y del alto grado de humedad, que desaconsejaban permanecer demasiado tiempo a la intemperie; por lo que concluí que esta vez mi visita iba a ser breve.

Con el tiempo comprendí que aquel «cuartel general» no estaba formado únicamente por tres árboles repartidos por un bosque suizo. El verdadero espacio que estaba explorando se encontraba en otra parte, en esa frontera imprecisa donde el silencio exterior comienza a revelar el ruido que llevamos dentro. Nunca supe con certeza cuánto había de extraordinario en aquellas experiencias y cuánto pertenecía a una percepción que se estaba transformando conmigo; quizá tampoco sea necesario resolverlo, porque hay vivencias cuyo valor desaparece cuando intentamos diseccionarlas hasta encontrar una explicación definitiva. Lo cierto es que seguí regresando por el silencio, por la nieve, por aquella extraña sensación de pertenencia y también por lo imprevisible. El bosque podía ofrecerme una experiencia profunda o dejarme durante horas atrapado en mis propios pensamientos; podía envolverme en una quietud absoluta o arrojarme, literalmente, un montón de nieve sobre la cabeza. Y precisamente ahí residía parte de su enseñanza: la naturaleza nunca prometía darme lo que buscaba, pero casi siempre terminaba mostrándome algo que necesitaba ver. Algunas veces, además, lo hacía de la manera más inesperada. Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquel día…

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