Hay momentos en los que un contratiempo insignificante basta para alterar por completo la forma en que percibimos cuanto nos rodea. No cambia el paisaje, ni las personas, ni siquiera las circunstancias esenciales del día; cambia algo dentro de nosotros, y con ello parece transformarse el mundo entero. Aquella jornada en el Katzensee comenzó bajo un cielo despejado, entre sol, bicicleta y promesas de verano, sin que pudiera imaginar que terminaría convirtiéndose en una pequeña lección sobre el poder de los pensamientos, la fragilidad del estado de ánimo y las consecuencias de dirigir la mirada hacia donde quizá nunca debió posarse.
Una mañana, tras levantarme, cumplí con mi rutina como cada día; luego desayuné con tranquilidad y, al finalizar, me monté en el coche para ir al supermercado a hacer la compra, como de costumbre. De vuelta en casa, decidí que no iba a desaprovechar un día tan espléndido: el sol lucía con fuerza y el cielo estaba despejado, así que preparé mi mochila con una toalla, una botella de agua y la gorra, con la firme intención de salir a hacer ejercicio.
Como era sábado, llamé por teléfono a mi amigo Alvin; de entre mi círculo, era uno de los pocos que aún no disfrutaba de las vacaciones de verano. Sin embargo, al ser fin de semana, cabía la posibilidad de que estuviera disponible para hacer una ruta corta en bicicleta y darnos después un baño en el Katzensee (Lago de los Gatos).
Por aquellas latitudes, el estío era corto e inestable. Eso significaba que no se podía desperdiciar ni una sola oportunidad de tomar el sol, siempre y cuando la temperatura ambiental acompañara. Cada vez que el astro rey hacía acto de presencia, había que tomarlo por asalto, algo que resultaría inconcebible en un país tropical o mediterráneo. Alvin me pidió que lo llamara más tarde, pues andaba liado, aunque no especificó en qué. Su respuesta bastó para que no le diera más vueltas; bajé al sótano a por la bicicleta, esa que tantas alegrías me brindaba en trayectos de lo más variados: primero un tramo por carretera y, después, a través de los frondosos bosques cercanos a Dielsdorf.
La distancia entre mi pueblo y el Katzensee era perfecta para disfrutar del recorrido sin agotarme demasiado: unos treinta y pocos minutos de pedaleo vigoroso.
Lo más gratificante en verano era llegar empapado en sudor y lanzarme de cabeza al agua; un chapuzón refrescante con el que desprenderme de la fatiga y el polvo acumulados en el camino de tierra batida, la segunda parte del trayecto desde casa.
Durante el recorrido, el teléfono sonó al menos un par de veces. Tampoco disfrutábamos entonces de la función de manos libres para atender las llamadas al instante. «Seguro que es Alvin; en cuanto llegue, lo llamo de vuelta», pensé.
No estaba dispuesto a interrumpir el ritmo, pues luego me costaba el doble recuperarlo. Así que seguí pedaleando mientras los rayos del sol engalanaban el manillar de la bicicleta como si se tratara de brillantes lentejuelas que lo hacían resplandecer. Al llegar al lago, justo cuando terminaba de asegurar el candado, devolví la llamada.
Al otro lado de la línea, mi amigo contestó con un tono seco, algo contrariado. Me explicó que se le había complicado un trabajo extra que le habían ofrecido, por lo que no podría aceptar mi tentadora propuesta, aunque yo sentí que el motivo era otro.
Este hecho me molestó bastante; no tanto por su negativa, sino porque tenía ganas de hablar con alguien. Nada trascendental: solo mantener una conversación sobre temas banales, bromear y pasar el rato sin grandes pretensiones. Sin embargo, la realidad me negaba esa posibilidad justo cuando más la necesitaba.
«Es lo que tiene el ego que no se somete: se cree el sol central de la galaxia, con todas las estrellas y sistemas solares orbitando a su alrededor».
Aquel contratiempo tan ridículo, por alguna extraña razón, me lo tomé como un rechazo personal, lo que provocó un cambio radical en mi estado de ánimo. Lo que hasta ese momento había sido alegría y vitalidad mutó en desgana y en un malhumor de mil demonios.
Por aquel entonces no era tan consciente como ahora de este tipo de alteraciones tan bruscas; simplemente se producían y, si estaba cabreado, era porque tenía que ser así y punto. Sucedían sin más; les daba rienda suelta, sin pararme a examinar los procesos internos que se desataban.
Digamos que me dejaba llevar por la inercia del momento, como si se tratara de un guion cósmico inalterable. Lo cual, dicho sea de paso, era una estupidez. No solo podemos revertir cualquier estado de ánimo a voluntad, sino que somos capaces de inmunizarnos frente a sus nefastas influencias mediante un trabajo interior previo.
Para ello, es preciso adoptar la posición del observador: aquel que analiza el brote de emociones que despiertan determinados pensamientos. Se trata de rastrear la trazabilidad de esos pensamientos desde el instante en que aparecen hasta justo antes de que desencadenen la reacción emocional asociada. En ese intervalo reside nuestra capacidad de desactivarlos mediante un acto de voluntad.
Para lograrlo, conviene cortar el flujo energético del pensamiento negativo apenas se manifiesta. Después, se debe redirigir el foco de atención hacia cualquier otro asunto menos perturbador, hasta propiciar emociones más templadas.
En suma, consiste en evitar quedar atrapados en pensamientos circulares, precursores de emociones de la misma polaridad que terminan drenando la energía vital.
La irreflexión, en cambio, produce el efecto contrario: uno se deja seducir por su ominoso magnetismo y queda a merced del inconsciente colectivo, del azar o de su propia inercia causal, fruto del agotamiento que todo ello genera.
Cuando permitimos que el subconsciente gobierne nuestras emociones más viscerales, este se limita a ejecutar su programación, arrastrándonos por caminos que no hemos trazado y conduciéndonos hacia destinos indeseados, con finales inciertos y consecuencias imprevisibles. El inconsciente funciona de manera similar al sistema operativo de un ordenador: activa una función según el comando que recibe.
Siempre sucede lo mismo, sin variación alguna: el comando «A» ejecuta la función «A»; el «B» pone en marcha la «B», y ahí concluye el proceso.
Es triste pero cierto, lo sé; también yo preferiría que fuera menos rígido. No sé, una especie de código maleable y versátil que se reescribiera solo y siempre para un bienestar mayor.
Por desgracia, solo la toma de conciencia posee la capacidad de modificar los parámetros asociados a esos comandos específicos del sistema. Lo que comúnmente denominamos gatillos emocionales son códigos de programación estáticos que se activan ante determinadas situaciones.
Mientras no se tome conciencia de ello ni se identifiquen sus desencadenantes, cada activación provocará respuestas idénticas. Si se desea reescribir esos códigos, es necesario, en primer lugar, tomar conciencia; después, localizar esos detonantes; y, por último, dar una respuesta distinta en el preciso instante en que esté a punto de producirse la reacción habitual.
Volviendo al Katzensee, me dispuse a localizar un lugar donde depositar mis pertenencias y extender la toalla para, acto continuo, ir directo a darme el merecido baño. Menos mal que el chapuzón no solo me sirvió como refrigerio, sino que también aplacó el malhumor que me estaba carcomiendo. En vez de parecer que salía de darme un primer baño, tenía la sensación de haber pasado por un taller a recibir un servicio de chapa y pintura. Así de bien me sentó.
Nada más salir del agua me sentí revitalizado; no obstante, el cambio de estado anímico para mejor duró poco. Al tumbarme sobre la toalla para secarme, mientras me dejaba acariciar por los rayos del sol, ciertas trazas de energía residual del enfado anterior comenzaron a abrirse paso. Solo que, esta vez, los posos de resentimiento mutaron en «malas ideas».
Me indujeron, concretamente, a vulnerar el espacio mental de una de las muchas personas desparramadas sobre el césped.
Una forma poco honorable de comportarme en un recinto público, al convertir en el blanco de mis iras a alguien que, como yo, había acudido a tomar el sol y descansar.
Aquel desconocido no tenía ninguna responsabilidad sobre mi enfado, pero durante unos instantes se convirtió en el receptor involuntario de algo que únicamente me pertenecía a mí. Con el tiempo comprendería que aquella escena encerraba una enseñanza mucho más profunda de lo que entonces fui capaz de advertir: no siempre podemos impedir que determinados pensamientos aparezcan, pero sí decidir qué hacemos con ellos cuando llaman a nuestra puerta. El verdadero límite no estaba entre mi toalla y la de aquel hombre, sino entre observar y entrometerse, entre dejar pasar una emoción o permitir que tomara el mando. Y aquella tarde, a orillas del Katzensee, estaba a punto de descubrir hasta dónde podía llevarme una mirada cuando dejaba de ser únicamente una mirada.

Sobre el autor
Alfonso Corchero
Alfonso Corchero es autor de Entre el asfalto y el incienso, una obra nacida de la experiencia, la observación y la búsqueda interior. Su escritura explora las contradicciones del ser humano, los momentos en que lo cotidiano se quiebra y esas experiencias que obligan a mirar hacia dentro. Lejos de ofrecer respuestas prefabricadas, sus relatos invitan al lector a reconocerse en el camino, las dudas y las transformaciones de quien aprende a cruzar sus propios umbrales.