LA LLAMADA DE NOVA 🇪🇸

Hay días en los que parece que el mundo se ha puesto de acuerdo para cerrarnos todas las ventanas. Afuera llueve, el cielo pesa y hasta las horas avanzan con desgana. Son esos momentos en los que uno fantasea con estar en cualquier otro lugar, preferiblemente bajo un sol abrasador y a muchos kilómetros de distancia de la rutina.
Sin embargo, a veces basta algo tan sencillo como una llamada inesperada para alterar el rumbo de una tarde. Una voz conocida al otro lado del teléfono, una conversación que comienza hablando del tiempo y termina abriendo puertas que ninguno de los dos tenía previsto atravesar.
Porque hay encuentros que empiezan mucho antes de que dos personas se vean cara a cara. Y conversaciones aparentemente triviales que, sin saberlo, están preparando el terreno para algo más profundo.

—¡Qué asco de tiempo! —exclamé, disgustado—. Daría un riñón por estar ahora tumbado en una playa del mar Mediterráneo. Tostado como las pipas, con una granizada de limón para refrescar el gaznate y un sombrero de paja que protegiera mi mollera de los rayos solares. En cambio, ¿qué es lo que tengo? Días grises, agua a mares, vendavales, frío y unas ganas locas de salir corriendo hacia un lugar donde la vida me sonría. Deseaba que me llamara alguien con ganas de hablar un buen rato; no me valía conversar un par de minutos y colgar rápido por las prisas o por la falta de batería. Era un clásico de aquellos años, en los que no existían las tarifas planas y las llamadas desde un móvil tenían un coste desorbitado. Por ese motivo, la mayoría empleaba todo tipo de argucias para que el otro asumiera el gasto. Lo típico: además del «me he quedado sin batería», estaba el «llámame luego», el SMS con un mensaje intrigante para que devolvieras la llamada o el descarado «se ha cortado, debías de tener mala cobertura». En fin, un abanico de artimañas que todo el mundo conocía, pero que aun así se utilizaban sin miramientos, sin importar quién estuviera al otro lado. Digamos que era una versión inocente del «matar o morir, tú o yo». Menos mal que aún existían los teléfonos con cable y las tarifas eran más asequibles. Por ese motivo, cuando había ganas de hablar durante un buen rato, se llamaba al fijo con la esperanza de que alguien contestara. Seguía enfrascado en mis cavilaciones cuando sonó el teléfono; fue como si alguien hubiera captado mis pensamientos de forma telepática. Al descolgar el auricular, dije: —Fulmen al aparato, ¿quién es? —Hola, soy Nova. ¿Cómo estás, Kiran? Llamaba para saludarte. —¡Hombre, Nova! Qué alegría que me hayas telefoneado. Estoy bien de salud, aunque, en verdad, me estaba agobiando en la cocina mientras miraba por la ventana este cielo y la dichosa lluvia, que no para. —¿A quién se lo vas a decir? —replicó ella con un tono de voz más apagado que de costumbre. —Entonces, ¿estás en Zúrich? —quise saber enseguida. —Aquí estoy; he venido a visitar a mis padres y, la verdad, esperaba un clima mejor. No digo que buscara un calor veraniego, pero al menos que no cayera agua a mares. Nosotros, en Italia, llevamos también unas semanas en las que no para de llover. Y encima, con el tiempo tan inestable, tenemos menos huéspedes en el Hostal, pero el doble de trabajo —aseguró. —¿Cómo es eso posible? Dices que con menos clientes trabajas más. ¿No es una contradicción? —repliqué, pensando que había tenido un lapsus y quería decir justo lo contrario. —No, no, has oído bien. Piensa que con este clima los huéspedes salen a hacer rutas de montaña y luego traen el barro pegado a las botas. Si no estoy vigilando todo el tiempo quién entra y sale, como un policía de tráfico, me lo llenan todo de fango —sentenció. —Aunque no es eso lo peor; lo grave es lo que hacen en las habitaciones, porque saben que ahí no puedo controlarlos. Se quitan la ropa llena de lodo y la arrojan donde les da la gana, dejándolo todo perdido. Ni te cuento lo de las toallas del baño: hay algunas que, cuando entregan la habitación, tenemos que tirarlas directamente a la basura. Y no digamos cuando salen a comer o a cenar fuera: dejan la ventana abierta, llueve a cántaros, se encharca el suelo y luego vienen con cara de sorpresa diciendo que no entienden cómo ha podido pasar. Te lo juro, es un engorro tener que aguantar a tanta gente con unos modales que dejan bastante que desear. Estoy segura de que en su propia casa no se comportan igual; allí sí miran por dónde pisan y cuidan las cosas. Sé perfectamente que pagan por el servicio y que algunos traen costumbres muy distintas de sus países de origen, pero si les adviertes con educación y hacen oídos sordos, ¿qué más puedes hacer? No es que no se hayan enterado; es que les da exactamente igual. No imaginas lo complicado que es sacar ciertas manchas de las alfombras, de los sillones e incluso de las paredes. »Luego, cómo no, reclaman por cada mota de polvo, por cada puntito en el mantel del comedor o por cualquier pelusa en la alfombra. Son los mismos que cada mañana dejan la habitación hecha una pocilga. Todo lo que me contaba encajaba perfectamente en ese patrón de comportamiento despreocupado, tan extendido en el turismo masificado. El problema es que, cuando no lo vives en tus propias carnes, ni siquiera llegas a imaginártelo. Hasta ese momento, cuando pensaba en ellos gestionando el Hostal, los visualizaba más en la sección administrativa: las típicas funciones de gerencia, haciendo pagos, hablando con proveedores, organizando reservas y ese tipo de labores menos duras. Pero no cabe duda de que las tareas más ingratas también tienen que hacerlas alguien. Sobra decir que mi querida amiga Nova estaba que echaba humo; algo chirriaba de verdad. Lo que me contaba de su día a día ya era motivo suficiente para poner el grito en el cielo, pero me temía que eso no fuera todo. En su voz se colaba una nota de amargura que no pasó desapercibida. Por fortuna para ella —y también para mí—, las muchas horas que había pasado en Escucha Solidaria me ayudaban a mantener la conversación fluida, sin que pareciera que estábamos en un confesionario. Ella se despachaba a gusto con sus frustraciones y ponía a caldo a sus huéspedes con toda la razón del mundo, mientras yo me limitaba a escucharla, interviniendo lo justo. Una sana costumbre que se había vuelto casi automática en la mayoría de mis conversaciones, y en esta ocasión la aplicaba precisamente porque entendía que mi amiga lo necesitaba de verdad. Nova no sabía nada de mi paso por Escucha Solidaria; es posible que, de haberlo sabido, no se habría explayado con tanto desparpajo. Nadie se siente del todo cómodo sabiendo que un amigo está haciendo de psicólogo improvisado, aplicando lo aprendido en una formación pensada para atender por teléfono a personas en situación de crisis. Como bien dice el refrán: no hay médico que cure a familiar o vecino. Me preguntó si iba a estar ocupado al día siguiente y le dije que no. Entonces respondió: —Pues en ese caso sería bueno que nos viéramos. Como sabes, estoy aquí en casa con mis padres y necesito despejarme un poco. ¿Qué tal si quedamos? —Sin problema —contesté—. Pásate mañana a partir de las cuatro de la tarde, si es que todavía recuerdas dónde vivo —añadí en tono de sorna. —No seas capullo —me espetó—. No olvides que soy de aquí de toda la vida. Dime, ¿hay algún problema para aparcar en tu casa? —Si eres capaz de pasar con el coche a través de la verja del jardín sin dejar la pintura pegada a los barrotes, hay sitio de sobra —respondí, para que entendiera que, si se ponía tosca lanzando vientos impetuosos a través del teléfono, recogería tempestades. Lo captó al vuelo y enseguida rebajó el tono:

Quizá hemos olvidado lo extraordinario que puede llegar a ser escuchar a alguien de verdad.
No para responder enseguida, ofrecer soluciones o demostrar que sabemos qué hacer, sino simplemente para permanecer ahí mientras el otro ordena en voz alta aquello que lleva demasiado tiempo acumulando por dentro.

A veces una conversación no resuelve nada y, sin embargo, cambia muchas cosas. Aligera el peso, acorta las distancias y nos recuerda que detrás de las quejas, el cansancio o una simple llamada para saludar puede esconderse una necesidad mucho más sencilla: sentir que alguien está al otro lado.

Y quién sabe. Tal vez algunos de los encuentros que terminan siendo importantes en nuestra vida comiencen precisamente así: en un día gris, cuando no esperábamos que ocurriera absolutamente nada…

Luis Alberto Alfonso Corchero, autor de Entre el asfalto y el incienso
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