Un instante puede bastar para cambiar el rumbo de una vida. En este fragmento de «Entre el asfalto y el incienso», Kiran recuerda uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse y la frontera entre el miedo y la transformación se vuelve extraordinariamente estrecha.
Me miró con esa sonrisa de quien acaba de recordar algo bueno.
—¿Te acuerdas de hace años? Cuando teníamos la loca costumbre de correr los encierros con unos cuantos kilos de menos sobre los huesos. Un mal día, un bicharraco cornudo te llevó por delante sin pedir permiso. ¿Sabes de quién te hablo?
Me quedé un segundo con la mente en el idílico «Sanse», en esa época en la que la vida era más divertida y más peligrosa. Al ver que no respondía, añadió:
—La buena estrella siempre nos acompañó sin que hiciéramos méritos para merecerla. Nos salvó varias veces en esas carreras de vida o muerte. ¿Es o no es?
—Tienes toda la razón —exclamé—.
¡Hay que ver! Corríamos delante de toros de quinientos kilos con cornamentas afiladas como florines. Con una fuerza descomunal, más veloces que gacelas. Si te alcanzaban… ¡adiós muy buenas! Nadie te salvaba de un par de cornadas y una tunda que te dejaba patidifuso —afirmé, antes de quedarme otra vez absorto en mis pensamientos.
Hay una cualidad que poseen los astados y que no todo el mundo conoce: cuando embisten, a la vez que te perforan las carnes con varias trayectorias, dan violentas sacudidas con el cuello. Se siente como si te aporrearan con un bate de béisbol. Aquella vez estuve tan cerca de la muerte que jamás podré olvidarlo.
Gracias a Dios salí solo magullado… eso sí, con un diente partido y un susto de muerte.
El episodio ocurrió en un tramo de cien metros que solía correr. Le tenía tomada la medida fruto de la experiencia. Indispensable cuando uno pretende hacer carreras limpias.
Uno de los astados me enfiló desde el lado contrario de la calle, a unas decenas de metros por detrás. Empezó a desplazarse en diagonal, de derecha a izquierda con la mira fijada, justo por el flanco por donde yo corría con todo lo que daban mis piernas. De esa manera me cortó la vía de escape hacia el vallado emplazado a mi lado derecho.
A mi izquierda estaban las fachadas de las casas; no había escapatoria decente, a menos que trepara muros como el hombre araña. El toro venía hacia mí lanzado como un tren de mercancías, obcecado en embestirme.
Recuerdo que el corazón latía en mi pecho como un bombo en medio de una competición deportiva. Los pies volaban sobre el asfalto y dudo que respirara siquiera. Lanzaba continuas miradas desesperadas hacia atrás, con el semblante desencajado por la tensión y los ojos desorbitados; sabía que aquella bestia salvaje me había enfilado, decidida a arremeter con violencia.
Lo había visto en su mirada de verdugo de ultratumba: ¡solo le faltó la guadaña y la túnica negra con capucha!
En algún momento de la carrera, antes de que mis huesos se estamparan contra la calzada, sentí un golpe seco en las piernas, justo a la altura de los tobillos.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré a dos o tres metros de altura en caída libre, cabeza abajo. Luego, en mi aparatoso descenso, golpeé los morros contra el asfalto. La dentadura impactó primero contra el empedrado que besaba como a una amante traicionera, seguido del resto del cuerpo, convertido ya en un muñeco de trapo.
En ese instante de tensión máxima, tuve que poner en práctica lo que había aprendido como corredor veterano: templar los nervios y quedarme completamente inmóvil, tirado en el suelo, con la esperanza de que los astados siguieran su carrera hacia los corrales. Instante que se me hizo eterno.
Fue un alivio tremendo sentir cómo varias manos me aferraban por los brazos y tiraban de mí hacia arriba, mientras voces a mi alrededor preguntaban si estaba bien. Para mí fue como ser levantado por ángeles evitando que cayera al abismo.
Al poco rato, se me echaron encima un par de sanitarios. Me miraron de arriba abajo y, al no parecer muy convencidos con lo que veían, me recomendaron que caminara hasta la enfermería móvil, a un centenar de metros calle arriba. Sin duda me encontraba aún en estado de shock. Aseguraron que avisarían al médico de guardia para un chequeo rápido.
Lo curioso fue que, en cuanto recuperé el aliento y la orientación, experimenté una lucidez interior como nunca antes. Me sentía alguien diferente, como si la arremetida de aquella bestia me hubiera despojado de mi antiguo disfraz de payaso. Ahora bien, lo que ocurrió después dentro de la unidad sanitaria fue de ciencia ficción; un episodio sobre el que me explayaré más adelante.
Volviendo a Madrid, dentro del coche de mi amigo camino a su casa cerca de la calle Preciados, le respondí:
—¡Por supuesto que me acuerdo del quiropráctico!
Del que también recibí sesiones después del percance. Recuerda que a la mañana siguiente tenía el tobillo inflamado y un par de moratones impresionantes tras la zurra que me propinó aquel morlaco endemoniado. Sus masajes fueron de gran ayuda para que, una semana más tarde, pudiera volver renqueante por mi propio pie a Suiza.
—¡Ah, mira tú! —exclamó Nico—. Veo que no lo has olvidado. Señal de que alguna vez te acuerdas de mí, granuja.
Me alegra saberlo, porque de los muchos amigos que dejé en Zúrich, pocos dan señales de vida. Se cuentan con los dedos de una mano los que se acuerdan del viejo Nico —dijo divertido—. Entonces, supongo que no te importará acompañarme pasado mañana a «Sanse». Me toca revisión con mi fisio preferido; a ver qué me dice y si me da algún remedio de los suyos para acelerar la cura. Llevo más de tres semanas así y ya estoy agobiado de tener que hacerlo todo con una sola mano.
—Espero que no te tomes a mal que no te dijera lo del traumatismo antes de venir —añadió—. Si te soy franco, temí que te echaras atrás si te contaba lo de la lesión, pensando que no íbamos a poder darnos esos homenajes que tanto nos alegraron la vida tiempo atrás.
—Bueno, entonces déjame también a mí sincerarme contigo —respondí—. No supone un problema, sino todo lo contrario. Poco antes de separarme de Martina, fui perdiendo la costumbre de salir de parranda. Por eso, en el fondo, prefiero este plan. Los desenfrenos tuvieron su tiempo; ahora busco algo más sano.
—Pues haces bien en decírmelo —dijo él—.
Este es solo uno de los umbrales que atraviesa Kiran. El viaje continúa entre experiencias límite, encuentros inesperados y una búsqueda interior que terminará transformando su manera de comprender la vida.


Sobre el autor
Alfonso Corchero es autor de Entre el asfalto y el incienso, una obra nacida de la experiencia, la observación y la búsqueda interior. Su escritura explora las contradicciones del ser humano, los momentos en que lo cotidiano se quiebra y las experiencias que nos obligan a mirar hacia dentro. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, sus relatos invitan al lector a reconocerse en el camino, las dudas y las transformaciones de quien aprende a cruzar sus propios umbrales.