Visitantes ilustres

Un par de días después, alrededor del mediodía, durante el fin de semana. Milo, Armando y yo decidimos que ya era hora de levantarnos y dejar de lado tanto parloteo inútil. El hambre ya nos rugía con fuerza en el estómago.
Propuse entonces que buscáramos algún lugar cercano para comer. Antes de que pudiera sugerir algo concreto, los dos se adelantaron al unísono:
—Vamos a una pizzería que está a un par de calles de aquí.
—¿Es buena? —pregunté.
—Sí —respondió Milo—, aunque…
—¿Qué pasa? —repliqué, algo desconcertado por el tono enigmático.
—Es que… ¿tú también? —le reclamé a Armando, alzando una ceja.
—Verás —continuó Armando—, la pizza es exquisita, pero los tipos que llevan el lugar son algo extraños. ¿No es así, Milo?
—Exacto —confirmó este, asintiendo con una media sonrisa.
—¿Me podéis decir qué os pasa? Parece que estemos en un interrogatorio policial. ¿Por qué tanto misterio? ¿Tan grave es? —insistí, ya algo impaciente.
—Sí —afirmó Milo con seriedad—. Es que… son realmente raros. Ya lo verás —añadió Armando, conteniendo una sonrisa.
—Os estáis burlando de mí —repliqué—. Queréis divertiros a mi costa y habéis montado todo esto para pasar un buen rato, ¿verdad?
—No —respondieron los dos al unísono, con una sincronía casi cómica.
En el momento en el que cruzábamos la calle no dejaba de darle vueltas a lo que habían comentado con tanta vehemencia. La palabra “raros” seguía resonando en mi cabeza. Intrigado y un poco inquieto, decidí apretar un poco más:
—A ver, chicos, ¿podéis contarme de una vez qué os pasó en esa pizzería para que habléis así de los dueños?
—Déjalo estar —me cortó uno de ellos—. Ya hemos llegado, mira: está justo ahí.
—¿Es esa? —pregunté, señalando el local con un gesto.
—Sí —respondió secamente, sin dar más detalles.
«Están exagerando», murmuré para mis adentros. «Seguro que la última vez se pasaron de listos y los dueños los pusieron en su sitio».
Al cruzar la puerta de entrada, una mujer de mediana edad nos recibió; debía de rondar los cuarenta y pocos. Su saludo me dejó descolocado.
No fueron tanto las palabras —una bienvenida cortés acostumbrada—, sino la calidez de su voz, la cadencia pausada, las silenciosas pausas entre cada inflexión. Aquello me llegó directo al pecho. Era como leer entre líneas, pero escuchando los silencios. En ese breve intercambio capté una energía sutil, hermosa, que envolvía cada una de sus palabras. De pronto, la coraza que suelo llevar puesta en lugares públicos se resquebrajó; quedé desarmado.
Aquel breve intercambio de formalidades desencadenó en mí una transformación inesperada. Por un lado, deseché como infundada la opinión de mis amigos: nada de lo que decían encajaba con la mujer que teníamos delante. Todo apuntaba, más bien, a lo contrario. Por otro, su gentileza me invitó a responder con el mismo refinamiento. Mi postura se enderezó, mis gestos ganaron en mesura y empecé a proyectar una elegancia que no solía exhibir.
Al percatarme, no pude evitar sonreír.
Su trato era elegante, sutil, casi familiar, aunque sin perder nunca esa distancia respetuosa. No se parecía al tono habitual de una camarera cualquiera, pero tampoco traspasaba los límites de lo estrictamente profesional. ¿Cómo definirlo con palabras sencillas? Era… distinto. Genuino. Con clase.
Con un gesto encantador de la mano, nos indicó que tomáramos asiento. Mientras mis amigos y yo nos mirábamos buscando la mesa ideal, giré la vista hacia ella; antes de que pudiera articular palabra, me sorprendió diciendo:
—Sentaos donde prefiráis —anticipándose a lo que iba a preguntar.
Algo especial flotaba en el aire. Dentro del local se respiraba una atmósfera ligera, serena, casi envolvente, como si todo lo que se encontraba en su interior fuera mecido por corrientes telúricas. No encontraba una explicación lógica para esa sensación, pero para mí era una certeza absoluta. Mi curiosidad crecía despacio, alimentada por cada pequeño detalle, aunque hasta ese momento nada extraordinario hubiera ocurrido… salvo las divagaciones que se acumulaban en mi cabeza con cada segundo que pasaba.
Optamos por la mesa del centro, al fondo junto a la pared. Me senté de espaldas al muro, con una vista despejada de todo el local. Armando se colocó frente a mí y Milo a mi derecha.
La mujer, que había seguido nuestros movimientos con atención, se acercó con los menús en cuanto nos acomodamos. Los dejó sobre la mesa y preguntó si nos apetecía una ensalada de entrada. Respondimos con un breve y unánime «sí».
Luego, clavando sus ojos en los míos, quiso saber si tomaríamos vino con la comida. Asentí, dando por hecho que mis amigos
estaban de acuerdo.
Antes de irse, volvió a mirarme con esa misma intensidad serena y me aseguró que las ensaladas y el vino llegarían enseguida.
«Esto no es casualidad», pensé. Sus ojos transmitían una mezcla extraña de cercanía, afecto, a pesar de ser una completa desconocida. Me costaba entender cómo podía percibirlo con tanta lucidez y, sobre todo, cómo ella parecía captar mis pensamientos antes de que yo mismo los ordenara.
En un par de ocasiones, cuando nuestras miradas se cruzaron, tuve la impresión de que mi desconcierto le resultaba casi divertido. Era como si poseyera un conocimiento que a mí me estaba vedado. Pero ¿qué podía saber ella que yo ignoraba? Resolví aparcar mis cavilaciones y prestar atención a la charla de mis compañeros. Nada importante: discutían vagamente sobre un viaje en moto a algún lugar que no terminaban de concretar; pura paja carnal.
La conversación insustancial se cortó cuando la mujer regresó con las ensaladas ya listas para ser engullidas. Se giró con gracia y prometió traer el vino de inmediato; cumplió su palabra al pie de la letra.
Al volver, preguntó quién se encargaría de catar y aprobar el vino. Le pedí a Armando que lo hiciera; Milo asintió en silencio, conforme. Brindamos con un leve choque de copas y nos lanzamos sobre las ensaladas como si lleváramos días sin comer. El hambre apretaba de verdad.
Al llevarme el primer bocado a al paladar me quedé genuinamente sorprendido. Aquella ensalada —tan sencilla, con lechuga, cebolla, tomate, aceitunas y zanahoria rallada— era extraordinaria.
¿Cómo era posible que algo tan básico resultara tan delicioso? Podría jurar que los ingredientes acababan de salir del huerto. Lo mismo pasó con el vino: un tinto corriente, sin pretensiones, pero con un sabor que superaba con creces cualquier expectativa. El paladar no engaña: o es exquisito o no lo es.
De pronto, me sorprendí al ver a la mujer salir disparada desde la barra hacia la entrada. Su postura mezclaba urgencia y una deferencia casi reverente al recibir a los nuevos clientes que estaban de pie junto a la puerta.
En ese mismo instante, el tenedor se me escurrió de entre los dedos y rebotó varias veces contra el plato, provocando un escandaloso estruendo que a mí me pareció un repique de campanas. Me sentí torpe, expuesto, ridículamente avergonzado. Alcé la vista para identificar a los recién llegados. Al verlos, se me heló la sangre. «Esto no puede estar ocurriendo», pensé, quedándome completamente paralizado.
Milo me sacó del trance con una sonrisa burlona:
—¿Qué pasa, ya te está pegando el vino? —preguntó.
—No —respondí secamente, sin apartar los ojos de la puerta—. Solo he dado un par de sorbos, no exageres.
Quería zanjar el tema y centrarme en lo que ocurría frente a mí. Volví a fijarme en las tres figuras que acababan de entrar. Dejé escapar un suspiro largo y abrí los ojos de par en par.
«¡Dios mío!», exclamé para mis adentros.
La mujer se desvivía en atenciones hacia los visitantes ilustres con gestos de una cortesía exagerada, al tiempo que ellos, sin mirarme directamente, hacían que me sintiera el centro absoluto de su atención. Parecía que susurraban sobre mí. Desde nuestra mesa no oía lo que hablaban; aun así, sabía que conversaban sobre mí mientras lanzaban miradas rápidas en mi dirección.
¿Por qué? Nunca los había visto. ¿Qué demonios estaba pasando?
Todo se volvía cada vez más extraño, más enigmático. La atmósfera del local, que antes me parecía serena, ahora empezaba a cargarse de una tensión sutil que no lograba descifrar. Nada molesto; más bien se cristalizó en un ambiente de excitación sutil, burbujeante diría más bién.
De aquel trío, todos rondando los setenta y tantos años, fue la dama la que me dejó completamente fascinado, atónito. Vestía un traje de finas telas y cola larguísima, con una paleta que oscilaba entre el azul turquesa, el celeste y varias gamas de verde, parecido a un mosaico de un paisaje natural con vida propia. Su corte y confección eran deslumbrantes. No: eran prodigiosos, en el sentido más literal de la palabra. Una pieza de alta costura que evocaba los atuendos de gala medievales, pero elevados a una dimensión imposible de capturar con palabras precisas.
Sin excesos burdos ni adornos recargados, combinaba telas delicadísimas con diseños soberbios y una elegancia absoluta que resultaba anacrónica en ese entorno.
A esa maravilla textil se sumaba la presencia majestuosa de la mujer que lo llevaba endosado. Nunca había visto a alguien de su edad tan imponente, tan distinguida y, al mismo tiempo, tan hermosa.
Su porte era regio; una melena plateada, larga, le caía hasta la mitad de la espalda y emanaba una autoridad serena que inspiraba respeto a varios metros de distancia. Parecía haber escapado de un relato fantástico o de una película de época. Los dos caballeros que la acompañaban, en cambio, vestían con una sobriedad deliberada: pantalones de pinzas y camisas blancas impecables; todo correcto, pero mucho más terrenal. Casi intencionalmente anodino, como si quisieran pasar desapercibidos y dejar que ella acaparara toda la luz.
En un instante preciso, los tres se volvieron hacia nuestra mesa. Con un movimiento de cuello perfectamente sincronizado, dirigieron sus miradas hacia mí, buscando un contacto deliberado. Cuando nuestras pupilas se encontraron, un estremecimiento me recorrió la espalda y me dejó aturdido por varios segundos. Al percibir mi reacción, los tres apartaron la vista al unísono, con la misma precisión casi mecánica, y tomaron asiento.
Su forma de moverse era extraña, aunque nada en lo visual resultaba abiertamente anormal. El trayecto desde la entrada hasta su mesa parecía desafiar las leyes de la gravedad. Caminaban, sí, pero era un caminar etéreo, volátil; se deslizaban con una suavidad que hacía que el suelo pareciera innecesario. Un enigma imposible de racionalizar: los veía avanzar con pasos normales y, al mismo tiempo, sentía que se movían suspendidos en el aire del restaurante, como si se deslizaran con esquís sobre nieve virgen.
Otro detalle que me desconcertó: la camarera se apresuró a retirar la silla de la dama con una deferencia casi ceremonial, como si estuviera asistiendo a alguien de la nobleza. Presenciar aquella escena superaba por completo mi capacidad de asimilación.
Era un torbellino de estímulos tan ajenos al entorno ordinario que me quedé atrapado en una estupefacción absoluta, olvidándome por entero de Milo y Armando.
Para sofocar mis sentidos, que se consumían en un frenético chisporreteo de bengala de fin de año, volví la vista a nuestra mesa buscando en el rostro de mis amigos alguna señal de que también lo hubieran notado. Nada. Su atención seguía clavada en la comida: engullían con apetito voraz, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Y lo más inquietante era que, aunque uno estaba sentado justo frente a mí y el otro a un costado, los sentía lejanos, casi irreales.
Cuando los observaba directamente, sus figuras se volvían distantes, ausentes, ligeramente difuminadas, como si habitaran otra dimensión a pesar de compartir el mismo espacio físico desde el primer momento en que entramos.
Milo, al tiempo que terminaba su plato, empezó a levantar la vista con más frecuencia, recorriendo el local sin fijarse realmente en nada. Hasta que sus ojos se posaron en mí y soltó:
—Hostia, Kiran, ahí sentado pareces un rey.
Me hizo gracia porque, en parte, tenía razón. Había extendido los brazos a ambos lados, apoyándolos con comodidad en el respaldo del sillón, como si el lugar me perteneciera desde siempre. Con el estómago ya saciado y ese leve calor del vino, ahora sí subiéndome a las mejillas, decidí seguirle el juego y le lancé, a modo de pregunta, una cita que recordaba de un libro:
—¿Sabes, Milo, qué es lo primero que tienes que hacer si quieres ser rey?
—No —respondió tras unos segundos de silencio, como si estuviera intentando atrapar el escurridizo pensamiento que se escabullía entre la niebla del vino.
No supe si era una reflexión seria o si simplemente estaba tan obnubilado que le costaba ordenar las ideas. Al ver que no llegaba a nada, le contesté con una media sonrisa picarona:
—Pues si aspiras a ser rey, lo primero que tienes que hacer es… parecer uno.
Milo se quedó congelado, con cara de desconcierto absoluto, sin emitir ni un sonido, con los labios cosidos por la incapacidad de dar una respuesta que le permitiera salir airoso. Armando, en cambio, levantó la cabeza, lo miró con los ojos vidriosos primero a él, luego a mí, y estalló en una carcajada contagiosa a la que me uní sin remedio.
Increíble, sin embargo, que desde la mesa junto al ventanal —donde se sentaban los tres visitantes distinguidos— captaran mi ironía y respondieran con una tenue, casi imperceptible sonrisa que intuía era un alborozo interior que ocultaban. Esto habría sido lo normal si compartiéramos idioma, pero yo estaba hablando con mis amigos en español en una región de habla alemana de la políglota Suiza. Aun así, parecían disfrutar la escena tanto como yo.
En cuanto notaron que los observaba sin reservas, disimularon al instante, desviando la mirada con elegancia. Quizá mi curiosidad era demasiado evidente, casi intrusiva; o tal vez había otro motivo que todavía no alcanzaba a comprender.
No podía evitar que mis ojos volvieran vez hacia ellos. Hasta que algo me dejó de nuevo boquiabierto: una de esas cosas que, si no las ves con tus propios ojos, te cuesta creer que puedan ocurrir de verdad. No me refiero a un fenómeno espectral en un lugar perdido, sino a algo que estaba sucediendo allí mismo, en una pizzería cualquiera, de la ciudad de Zúrich.
Observarlo con escepticismo resultaba casi inevitable; las imágenes no encajaban en el orden de lo cotidiano y, sin embargo, formaban parte de él.
Otro meneo mental se produjo cuando la camarera corrió de nuevo hacia la puerta, con un lenguaje corporal que delataba la emoción de recibir a familiares muy queridos; al menos así lo interpreté. Desde donde estaba acomodado, capté de nuevo un murmullo entre los recién llegados. Y, aunque no distinguía las palabras, como la vez anterior, sentí con certeza que era, cómo no, el centro de sus susurros. Aquello despertaba en mí emociones contradictorias y confusas.
Por un lado, me sentía extrañamente especial —un elegido de entre el rebaño, una semilla estelar—; por otro, profundamente incómodo, porque no tenía ni la menor idea de quiénes eran en relación conmigo. Ellos, en cambio, parecían saberlo y, al mismo tiempo, no tenían ninguna intención de revelármelo; hasta el momento, ni una mínima concesión en ese sentido.
Este nuevo grupo, distinto y a la vez igual en comportamiento que los tres visitantes ilustres, evitaba mirarme directamente. Hubo alguna ojeada fugaz, casi furtiva, pero nada más.
Intenté provocarlo: los observé sin disimulo, sosteniendo la mirada con insistencia reiterativa, como si mis ojos gritaran «¡Aquí estoy, miradme!». No conseguí nada; ni un segundo de contacto visual sostenido.
Tras preguntarme por qué rehuían mi mirada y cualquier forma de interacción, llegué a una hipótesis que, aunque extravagante, empezaba a parecerme cierta. En un plano filosófico —o tal vez espiritual—, podría tratarse de una cuestión de libre albedrío. Tal vez ellos, por algún motivo, se negaban a interferir en él.
Es posible que su silencio y su distancia fueran, precisamente, una forma de respeto hacia mi libertad de descubrirlo todo por mí mismo: de atar cabos, de ensanchar el marco conceptual, de atreverme a romper mis propios moldes mentales. ¿Quién sabe?
Un simple cruce de miradas no me habría alterado demasiado, pensé primero, pero luego reconocí que podría desencadenar algo más grande que se escapara por completo de control. No era una idea descabellada: si se presentaba la mínima oportunidad, por pequeña que fuera, no dudaría en reaccionar sin medir la intensidad. Tal era el grado de excitación que bullía en mi interior a fuego lento.
Pero eso no fue todo. Apenas se sentaron cerca de la entrada, el local, en un golpe de escena magistral, se llenó en cuestión de segundos. Una oleada de personas cruzó la puerta a un ritmo tremendo: grupos de tres o cuatro que ocuparon las mesas al instante, como si hubieran estado esperando una señal invisible.
Lo fascinante —y a la vez perturbador— era que, a medida que aumentaba el número de recién llegados, el ambiente se volvía cada vez más irreal: la Divina Comedia de Dante tomando forma. Cada grupo aparentaba no conocerse con el resto y, sin embargo, cuantos más llegaban, más evidente resultaba que compartían un vínculo profundo: un gremio, una familia, una cofradía indefinible.
No era un lazo físico ni visible; era algo intangible, una esencia común que parecía flotar alrededor de cada uno de ellos, un pegamento inmaterial.
Me recordaba a un rebaño de ovejas: cada animal distinto, con su propio pelaje y su propia cara, pero unidos por una identidad inconfundible que cualquiera con ojos atentos podía captar al instante. Estaba maravillado por lo sencillo que resultaba notarlo y lo endiabladamente complicado que era ponerlo en palabras.
¿Qué era todo aquello? ¿Un montaje? Tanta gente implicada que parecía conocerme. Y, por supuesto, aún faltaba el detalle final, el toque definitivo que confirmara que al menos uno de ellos sabía exactamente quién era yo.
Antes de que pudiera seguir hilvanando hipótesis, mis compañeros me arrancaron de golpe de mis cavilaciones. No con palabras, sino con sus movimientos histéricos: giraban el cuello de forma compulsiva, atónitos ante la multitud que había invadido el restaurante en un abrir y cerrar de ojos.
Armando y Milo salieron de sopetón de un letargo repentino, como si acabaran de despertar en medio de una ópera bufa. Mi sonrisa amplia, casi involuntaria, al ver su desconcierto los dejó aún más descolocados; pasmados, para ser preciso.
Se miraron entre sí, luego a mí, y no encontraron palabras; se quedaron mudos, atrapados en la misma extrañeza que yo llevaba minutos digiriendo y que ahora los devoraba a ellos.
Por primera vez desde que entramos, mis amigotes prestaban atención a otra cosa que no fueran sus platos. Sus cabezas giraban sin parar; los rostros tensos, cargados de incomodidad. La actitud fanfarrona de antes se había evaporado por completo para dar paso a un estupor que casi se hizo sonoro.
Intenté adivinar si su asombro se debía solo al hecho de que una multitud hubiera invadido la pizzería en un abrir y cerrar de ojos, o si captaban algo más profundo. Ninguno abrió la boca, pero ambos —quizá por pura curiosidad— mantenían los ojos fijos en mí, sin perderme de vista ni un momento.
Eso abrió la puerta al clímax de aquel encuentro extraordinario, que se materializó en un gesto sencillo pero profundamente conmovedor: uno que me dejó emocionado y, al mismo tiempo, sumido en un estado de conmoción supina. Armando lo percibió al instante, aunque optó por guardar silencio mientras parecía querer encontrar en mi mirada una explicación plausible, sin atreverse a pronunciar palabra sobre un episodio que, incluso para ellos, se había vuelto inquietante.
En la mesa más cercana, entre un grupo de cuatro personas, un caballero de aire afable —cabello cano impecable, barba bien cuidada— no esquivó mi mirada. Para mi sorpresa, la sostuvo.
Mi corazón dio un vuelco. «¡Cielos!», pensé. Tenía la certeza absoluta de que lo conocía, pero ¿de dónde? Clavé los ojos en los suyos, esperando una pista, un guiño, sin atreverme a forzar más. Él me observaba con una serenidad y una bondad que casi se podían tocar, plenamente consciente —como yo— de que Armando seguía cada detalle con la mirada, a punto de explotar de curiosidad.
Ahora que lo pienso —o mejor dicho, lo imagino—, no sería descabellado creer que mi amigo estuvo a punto de correr hacia el caballero para asirlo por los brazos y zarandearlo, diciendo: «Venga, desembucha, di quién eres, quiénes sois».
Y luego volver a la mesa y agarrarme por la pechera con amenazas: «Si no me lo dice él, de aquí no nos vamos hasta que hayas confesado tú». Así de formidable y, a la vez, chistosa era la tensión que emanaba de Armando, con la que yo me recreé por algunos instantes hasta que…
Y entonces ocurrió lo que tanto anhelaba, lo que me llenó de una alegría repentina. Nada espectacular y, sin embargo, por el calado que tenía, desató dentro de mí una ola de euforia con la que creí flotar por encima de las mesas. Con un movimiento sutil pero inequívoco, el caballero inclinó ligeramente la cabeza en un saludo que decía, sin palabras pero de forma categórica: «Te reconozco».

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