Lee un extracto de «Entre el asfalto y el incienso»🇪🇸

Un instante puede bastar para cambiar el rumbo de una vida. En este fragmento de «Entre el asfalto y el incienso», Kiran recuerda uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse y la frontera entre el miedo y la transformación se vuelve extraordinariamente estrecha.

Uno de los astados me enfiló desde el lado contrario de la calle, a unas decenas de metros por detrás. Empezó a desplazarse en diagonal, de derecha a izquierda con la mira fijada, justo por el flanco por donde yo corría con todo lo que daban mis piernas. De esa manera me cortó la vía de escape hacia el vallado emplazado a mi lado derecho.
A mi izquierda estaban las fachadas de las casas; no había escapatoria decente, a menos que trepara muros como el hombre araña. El toro venía hacia mí lanzado como un tren de mercancías, obcecado en embestirme.
Recuerdo que el corazón latía en mi pecho como un bombo en medio de una competición deportiva. Los pies volaban sobre el asfalto y dudo que respirara siquiera. Lanzaba continuas miradas desesperadas hacia atrás, con el semblante desencajado por la tensión y los ojos desorbitados; sabía que aquella bestia salvaje me había enfilado, decidida a arremeter con violencia.
Lo había visto en su mirada de verdugo de ultratumba: ¡solo le faltó la guadaña y la túnica negra con capucha!
En algún momento de la carrera, antes de que mis huesos se estamparan contra la calzada, sentí un golpe seco en las piernas, justo a la altura de los tobillos.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré a dos o tres metros de altura en caída libre, cabeza abajo. Luego, en mi aparatoso descenso, golpeé los morros contra el asfalto. La dentadura impactó primero contra el empedrado que besaba como a una amante traicionera, seguido del resto del cuerpo, convertido ya en un muñeco de trapo.
En ese instante de tensión máxima, tuve que poner en práctica lo que había aprendido como corredor veterano: templar los nervios y quedarme completamente inmóvil, tirado en el suelo, con la esperanza de que los astados siguieran su carrera hacia los corrales. Instante que se me hizo eterno.
Fue un alivio tremendo sentir cómo varias manos me aferraban por los brazos y tiraban de mí hacia arriba, mientras voces a mi alrededor preguntaban si estaba bien. Para mí fue como ser levantado por ángeles evitando que cayera al abismo.
[…]
Al poco rato, se me echaron encima un par de sanitarios. Me miraron de arriba abajo y, al no parecer muy convencidos con lo que veían, me recomendaron que caminara hasta la enfermería móvil, a un centenar de metros calle arriba. Sin duda me encontraba aún en estado de shock. Aseguraron que avisarían al médico de guardia para un chequeo rápido.
Lo curioso fue que, en cuanto recuperé el aliento y la orientación, experimenté una lucidez interior como nunca antes. Me sentía alguien diferente, como si la arremetida de aquella bestia me hubiera despojado de mi antiguo disfraz de payaso. Ahora bien, lo que ocurrió después dentro de la unidad sanitaria fue de ciencia ficción; un episodio sobre el que me explayaré más adelante.

Este es solo uno de los umbrales que atraviesa Kiran. El viaje continúa entre experiencias límite, encuentros inesperados y una búsqueda interior que terminará transformando su manera de comprender la vida.

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