El apego

Al tiempo que pensaba en ello, tomando como referencia situaciones pasadas, caí en la cuenta de las muchas ocasiones en las que me dejé influenciar por gente cercana y el mal resultado que obtuve. Porque, aunque fuera acertado pedir consejo, olvidé un detalle crucial: analizar a quién se lo estaba pidiendo. ¿Había demostrado esa persona solvencia alguna vez en ese tema concreto? ¿O la elegí por confianza ciega, por afinidad o por parentesco? Opinaban de lo que no conocían, y los penosos resultados obtenidos me recordaban que, lejos de esclarecer el asunto, lo embrollaron aún más.
Para mi enojo, no podía contradecir lo que demostraban mis descalabros pasados, ahora que los examinaba con calma. Con total seguridad, debía reconducir cómo manejaba la información personal: establecer filtros y cortafuegos. Sobre todo después de ver lo bien que se apañaba mi buen amigo Nico en ese sentido. En definitiva, esta era la base sobre la que trabajar.
Pero ¿qué implicaciones tenía aplicar esos filtros? Pues tal y como venía haciendo: apretar los dientes y seguir empujando en la misma dirección sin retroceder ni un paso.
Lo que me llevó al quisquilloso asunto del desapego emocional —que a menudo se confunde con el desafecto—. La persona encadenada al apego es la más combativa cuando se ve obligada a soltar; se vuelve desagradable y agresiva al perder el acceso a lo que considera suyo o a lo que cree tener derecho a poseer.
Por ejemplo: si una amiga que siempre le compartió secretos deja de hacerlo, para la persona apegada eso es una señal de guerra declarada. Combatirá por todos los medios lo que percibe como una traición. Convertirá cada encuentro en una batalla, en un drama shakespeariano, victimizándose para justificar sus duras críticas y sus bajezas. Porque, en el fondo, solo busca que su voluntad prevalezca sobre la de la otra persona.
La difamará asegurando que se ha vuelto traicionera, desagradecida o envidiosa, cuando la verdad es que esa amiga simplemente tomó una decisión soberana sobre su vida, sin esperar su aprobación. La supuesta víctima solo intenta esconder su dependencia emocional y su afición desmedida por los chismes, que luego usa a conveniencia y no siempre con buenas intenciones. Sea por soberbia, resentimiento o despecho, ocultará sus enrevesadas maniobras bajo gestos de desaprobación hacia la conducta de la amiga a la que, previamente, ya habrá lapidado.
Actúa de forma estratégica, sin dejar cabos sueltos, cerciorándose de que no haya testigos y eliminando pruebas si son demasiado evidentes. Por supuesto, negará por activa y por pasiva cualquier acusación directa.
Si quien la señala no es hábil desenmascarándola, correrá la misma suerte que quienes la padecieron antes.
Cree estar en su derecho de arremeter contra cualquiera que decida enfrentar los temores que ella se niega a reconocer en sí misma: ciega ante los perniciosos tejemanejes de su sombra, que urde enredos sin medir las consecuencias.
Con estas reflexiones sobre el apego me sentí aliviado, justo en el momento en que la megafonía nos sugería colocarnos los cinturones de seguridad: estábamos a punto de aterrizar en Zúrich-Kloten. ¡Por fin en casa!

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