Escucha Solidaria

AÚN NO HABÍA LLEGADO la primavera cuando, en mi cabeza, se repetía el mismo pensamiento recurrente, que apuntaba en una dirección sin ser del todo específico. El caso es que no sabía por dónde comenzar la búsqueda. Una idea en bucle que surcaba la pantalla de mi mente me incitaba a involucrarme en alguna actividad altruista.
Lo que en aquel tiempo era tan inconcebible como pedirle a un corredor de la Bolsa de Valores que sirviera comidas en un comedor para indigentes. No tanto porque fuera inasumible o demasiado sacrificado, sino porque no tenía nada que ver con el estilo de vida al que había estado acostumbrado hasta entonces.
Para mí, la ayuda al prójimo se reducía a un asunto entre familiares y amigos que se apoyaban mutuamente cuando había necesidad. Aunque, a menudo, esas ayudas fueran cosas menores y con demasiada frecuencia se quedaran solo en palabras.
Ahora bien, entregar mi tiempo y mi esfuerzo desinteresado a proyectos sociales significaba dar un paso al frente sin saber por dónde empezar ni a quién contactar. Enseguida pude constatar que las labores caritativas no son bienvenidas en el seno de una sociedad desquiciada por jornadas laborales maratonianas, prisas sin fin y una tendencia muy pronunciada a ponerse de perfil cuando la acción requiere un esfuerzo no remunerado.
Este es otro de esos temas que incomodan sobremanera a los que viven embebidos en sus propios asuntos triviales.
Aunque luego sobre las grandes tribunas rezumantes de hipocresía le otorguen una importancia capital a la ayuda humanitaria: muestran un elevado grado de aceptación siempre y cuando el trabajo lo hagan otros.
Cuando la verdad es que en círculos reducidos —amistades, entorno laboral y familia— se convierten en temas sobre los que nadie se posiciona. O que solo son traídos a colación por los mojigatos de turno, siempre prontos a sumar un punto en su casillero sin la más mínima intención de mover un solo dedo. Solo palabras de puro cinismo disfrazadas de conciencia social no aplicada.
Por supuesto que eso me incluía a mí, pero estaba a punto de dar un giro radical en ese aspecto. El factor determinante para lograrlo ya era un hecho: la férrea determinación de entregarme en cuerpo y alma a una causa noble, sin ningún afán de protagonismo ni reconocimiento por parte de otros. Una actividad que, en la medida de lo posible, llevaría con pulcra discreción, teniendo presente aquello de: «que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda».
Era incuestionable: mi corazón se había empezado a ablandar; era pura plastilina. Ahora me conmovía con suma facilidad ante escenas o gestos honorables que antes ni tomaba en cuenta. O si lo hacía, era para burlarme como un imbécil que creía estar por encima del bien y del mal.
¿Qué decir sobre esto? Pues que de todo se aprende y que nunca es tarde para revolucionar una vida insulsa, llena de artificios vacíos y relaciones disfuncionales que nos atan a un estado de insatisfacción crónica.
Por más que exhibamos una sonrisa radiante llenándonos a menudo la boca de palabras huecas que, lejos de solucionar el creciente malestar interior, lo agravan.
Después de días de intensa indagación, conseguí el número de teléfono y la dirección de varias asociaciones dedicadas a la acción social. Una lista de direcciones postales que reduje a una única opción después de la criba, porque estaba resuelto a colaborar con un proyecto caritativo, pero no me valía cualquiera.
Para mí era importante que fuera un organismo independiente, que no estuviese sometido a los dictados de una gigantesca institución o, peor aún, a la administración pública. Tampoco estaba por la labor de aceptar que durante el voluntariado me obligasen a enfundarme un uniforme o una indumentaria distintiva.
«En este punto iba a ser intransigente: ayudar sí, pero no a cualquier precio».
Luego se daba la particularidad de que nunca antes había tenido contacto directo con organizaciones de ayuda voluntaria, lo que significaba que estaba lleno de inquietudes y preguntas sin respuesta.
El día que llamé por primera vez al teléfono de Escucha Solidaria, temblaban mi voz y mi cuerpo como la cuerda de una guitarra. Por alguna razón, sentía el peso de una responsabilidad que aún no había asumido y que estaba por ver si llegaría a desarrollar como lo había imaginado.
Al otro lado de la línea, me saludó una voz muy dulce y femenina:
—Escucha Solidaria, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola, mi nombre es Kiran y llamo porque me gustaría hablar con Damian —contesté.
—¿Por qué razón desea usted conversar con él? —quiso saber la mujer.
—Tengo entendido que él es la persona que dirige vuestra asociación —respondí.
—Él no se encuentra aquí en estos momentos. Si quiere dejarle un mensaje, lo apunto y luego deposito la nota sobre la mesa de su despacho —me dijo convencida. Seguro que aquel era un trámite habitual.
—Eh, es que… en verdad me gustaría hablar con él en persona —repuse dubitativo, por las respuestas evasivas que me proporcionaba aquella mujer, sin llegar a ser ofensivas.
—¿Pero lo conoce usted de la iglesia o de dónde? —quiso saber la señora que me atendía.
—¿Iglesia? —pregunté alarmado, pensando que tal vez me había equivocado al marcar el número, contactando con una organización distinta o una sede de otro lugar.
—Sí —respondió ella—. ¿Es usted un miembro de su parroquia? —trataba de averiguar cuál era el nexo de unión entre nosotros dos.
—Perdone, pero… ¿estoy hablando con la asociación Escucha Solidaria? —pregunté contrariado, por el nivel de secretismo desplegado por la voz del otro lado, que no perdía la calma ni la dulzura.
—Claro, se lo he dicho al principio y por eso mismo le he preguntado —continuó diciendo— si es usted un conocido del padre Damian.
—¿Padre… Damian? —murmuré, agregando un espacio intencionado entre ambas palabras, como queriendo disociar el nombre del ministerio que le atribuía.
Ella también comenzaba a mostrarse escéptica, por las respuestas ambiguas cargadas de interrogantes que yo le devolvía, como si estuviéramos jugando al pilla pilla.
Entonces, después de quedarme un instante en silencio para ganar tiempo conforme ordenaba mis pensamientos, respondí:
—Mire, el motivo por el que llamo es que me gustaría colaborar con vuestra organización, pero antes preferiría conversar con Damián y visitar la sede que he encontrado en las páginas amarillas.
—¡Ah, bueno! En ese caso lo mejor es que se pase por aquí la semana que viene, cualquier día a partir de las cuatro de la tarde, que es cuando suele aparecer. Aunque a veces llega con retraso —dijo, en un tono más coloquial tras conseguir la información que consideraba esencial para darme un poco más de cancha.
No cabe duda de que había aplicado sus conocimientos de escucha activa con el fin de mantener la discreción requerida en cuanto a lo que tenía que ver con la asociación y la persona que capitaneaba el proyecto. Detalle capital a la hora de ofrecer un servicio de esas características, pero ese tema lo trataremos más adelante.
Me despedí dando las gracias y con un «hasta la semana que viene».
—¡Un cura! —vociferé en cuanto hube interrumpido la comunicación.
Estaba ofuscado por esa particularidad tan relevante para mí y que podía suponer un contratiempo en toda regla, dado el planteamiento que había adoptado antes de llamar y del que me negaba a abjurar, puesto que para mí era conditio sine qua non.
Permanecí un instante en silencio, con el teléfono aún en la mano, tratando de encajar la información. No era tanto una cuestión de simpatía o rechazo, sino de encaje práctico: en mi idea inicial no entraba la figura de un responsable con ese perfil, ni una estructura que, de entrada, se me antojaba más cercana a lo institucional de lo que yo estaba dispuesto a aceptar.
Mantener el anonimato, como pude constatar, no iba a significar un problema si tenía en cuenta lo mucho que me había costado obtener una cita oficiosa con el director del proyecto. Sin embargo, prestar mi colaboración a una asociación que dependiera de una gran institución supondría para mí tener desde el principio una piedra en el zapato.
Durante los días previos a mi entrevista en la sede de Escucha Solidaria, me estuve debatiendo entre contactar una organización distinta descartando esta primera o no presentarme a la cita. Toda vez que no se trataba de una reunión como tal, sino de una invitación a pasar por la sede, sin tener garantías de que el tal Damian apareciera.
Por fortuna decidí obedecer a mi intuición a pesar de las muchas dudas que me hostigaban. Era consciente de que debía aprender a confiar en mis corazonadas, sin dejarme limitar por las apariencias y los malos presagios no confirmados.
Pasmosa aquella verdad subyacente que dejaba al descubierto que el paso que estaba a punto de dar era una iniciativa genuina. Alejada de la idea de realizar una actividad a modo de pasatiempo o pertenecer a una especie de círculo social para pavonearme con mi recién descubierto altruismo. En este caso estaba obedeciendo a una auténtica palpitación de mi alma que se mostraba dispuesta a dejar caer su dura coraza.
Empeñado meses atrás en neutralizar cualquier acercamiento de emociones humanas que se escaparan a mi control y acabaran haciéndome daño otra vez.
Dicho en otras palabras, estaba decidido a permitirme ser más vulnerable y accesible a otros que en algún momento y por algún motivo habían cedido a ese mismo pálpito. Quién sabe si buscando un sentido más profundo de la propia razón de ser, encarnada en la ayuda desinteresada a otros que estaban pasando por una mala racha.
Un paso crucial que me anclaba a los cimientos de esa nueva forma de interactuar con el mundo. No obstante, el cambio de enfoque y la nueva forma de proyectarme en sociedad me convertían en alguien diferente a ojos de los demás y también a los míos. «Sin pasar por alto que el orden de la transformación en curso se producía de dentro hacia fuera y no a la inversa».

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