La enviada 🇪🇸

Lo bueno del aeropuerto de Zúrich eran sus enormes cristaleras. A través de ellas podíamos ver el pabellón de recogida de equipajes, donde los recién llegados se apiñaban alrededor de las cintas transportadoras con la esperanza de que su maleta estuviera entre las primeras; un pensamiento exclusivo que casi nadie tiene. Entiéndase la ironía.
Lugar donde nunca faltaba la típica trifulca menor entre turistas; un episodio que solía hacer las delicias de quienes, al otro lado del vidrio y aburridos por la espera, encontraban en ese enfrentamiento, del que solo saltaban chispas, una manera legítima de pasar el rato.
Observaban con expectación —quién sabe si algunos haciendo incluso apuestas— para ver si al fin llegaba la sangre al río o si era otra amenaza que se quedaba en nada.
«Pan y circo»: seguía siendo la consigna, como antaño.
Un espectáculo insufrible para algunos de nosotros, que entendíamos que arañar un minuto no iba a alargar las vacaciones de nadie.
Tampoco garantizaba librarse del control aduanero, donde era fácil malograr lo ganado. En ese estado de cosas, mi amigo sugirió ir a tomar un café a un restaurante situado a escasa distancia.
—¡Qué pesados! Mejor ahuecamos el ala —exclamó, contrariado por la enésima exhibición de aquella «pelea de gallos» en la que acostumbraban a cacarear sin hincar jamás el espolón.
Sobra decir que, en determinados aspectos, mi amigo y yo éramos bastante parecidos. Su irritación era más que visible, razón por la cual acepté alejarnos del sitio con la esperanza de que el paseo apaciguara los ánimos durante el tiempo que nos llevaría ir y volver.
De camino, charlábamos sobre nuestros próximos viajes de vacaciones, algunos contratiempos sufridos aquí y allá y los contados incidentes que, con el tiempo, habían pasado al apartado de anécdotas divertidas. Temas recurrentes en un aeropuerto que, con frecuencia, hacía las veces de analgésico emocional encubierto, pues con tan solo hablar de viajar a algún sitio distinto, los pensamientos hacían sus propios vuelos hacia paraísos que nunca pisaríamos.
Una de las virtudes de Theo era su puntualidad, propia de un reloj suizo, una cualidad que en espacios copados de gente rozaba la obsesión. Por eso, apuró la consumición que había pedido y sugirió que regresáramos de inmediato a las cristaleras.
Durante el tiempo que pasamos sentados, pude apreciar que no perdió de vista el enorme panel electrónico que colgaba del techo en medio del pabellón, mostrando los aterrizajes y despegues en tiempo real.
La verdad es que no tuvo que insistir demasiado, porque en ese punto éramos parecidos. Nos pusimos en marcha, acelerando el paso para tomar posición. La idea era situarnos en primera fila para vigilar la entrada en escena de Luca, quien en breve debería asomar la cabeza por una de las bocas de los múltiples pasadizos que conducían al pabellón central.
Enseguida lo vimos asomar por uno de los túneles, cruzando un pasillo abierto con barandillas de cristal transparente a ambos lados: pensativo, arrastrando los pies, como si se resistiera a volver a la tediosa rutina, enterrando allí mismo il dolce far niente.
Comenzó entonces el descenso por las escaleras que lo conducían directamente a la cinta de equipajes correcta. Nada más vernos, nos hizo señales con las manos y aparatosas muecas, dando a entender que habría que ver cómo andaban de ánimo los «Roboticops»; así llamábamos a los funcionarios de los pasos de control.
No cabía duda: nuestro amigo también había estado pensando en ello, puesto que, en última instancia, era él quien tenía que lidiar con la situación. Nosotros nos limitamos a cruzar los dedos de manera visible para él y para todos los que se apiñaban a nuestro alrededor; un gesto que hizo las delicias de algunos que, conscientes de su significado, sonrieron ante una ocurrencia tan acertada.
Nos miramos, asentimos en silencio y echamos a andar hacia la barandilla metálica que quedaba a pocos metros de la puerta de salida: la frontera invisible que separaba a los que esperábamos impacientes de los que llegaban con la vista alzada, buscando rostros conocidos.
Desde la distancia ya vimos que Luca venía radiante: con un bronceado envidiable y esa expresión de quien ha desconectado de verdad y ha vivido unas vacaciones auténticas.
Siempre me pasaba lo mismo en la terminal de llegadas: sentía una mezcla agridulce. Por un lado, la alegría inmensa del reencuentro; por el otro, un leve escozor que asomaba tímidamente, aunque se desvanecía al instante al ver a la persona aparecer con esa vitalidad contagiosa. A ello había que sumar mi propia desgana —alimentada por la rutina diaria—, que me pisaba con su bota pesada, recordándome sin piedad esa vida cotidiana que no cambiaba.
Luego vino lo que, en primera instancia, iba a ser un trámite rápido y que terminó convertido en una tediosa espera adicional de al menos treinta minutos, hasta que por fin Luca —cual reo que recibe la libertad condicional— salió escopeteado por la puerta automática de cristal ahumado, simulando el semblante de un carnero degollado.
Con esa parodia consiguió arrancarnos una sonrisa y darnos a entender que en el control de pasaportes habían sido muy pesados, hecho que nos confirmó mientras lo abrazábamos para darle la bienvenida, lamentando de paso la larga espera.
Nos pusimos en marcha rumbo al aparcamiento. No había tiempo que perder: la tarifa de estacionamiento en el parking era desorbitada.
Una de las trampas de este sistema era que, una vez superados los sesenta minutos, el coste se disparaba con cada hora adicional.
Me indignaba aquel saqueo tan descarado, disfrazado de seguridad y vigilancia, cuando solo se trataba de ceder tres o cuatro metros cuadrados donde estacionar el vehículo sin que requiriera ninguna atención ni servicio adicional. Un negocio redondo para algunos: con una inversión mínima en mantenimiento y beneficios diarios limpios, sin apenas esfuerzo.
De camino al coche, Luca nos fue contando el follón que se había armado dentro de la terminal antes de encontrarnos.
Primero, el drama de las maletas, que tardaron una eternidad en llegar a las cintas, y luego, el caos en las colas del control de pasaportes. Un puñado de turistas despistados se metieron en la fila equivocada y armaron un desbarajuste monumental, rompiendo el delicado equilibrio que ya de por sí estaba al límite. El ambiente, ya crispado, se caldeó aún más con los reproches mutuos: unos acusaban a otros de haber desordenado las hileras.
Las filas estaban organizadas con precisión suiza: una para residentes, otra para ciudadanos del espacio europeo y una tercera para el resto del mundo. Al parecer, los más espabilados —simulando el despiste al detectar que el tamaño de las columnas era dispar— corrieron a unirse a la más corta, hasta que les avisaron de que estaban en la fila equivocada.
El resto de los viajeros señalaba los paneles colocados sobre los accesos de control de pasaportes, escritos en varios idiomas; por supuesto, acompañados de muecas, onomatopeyas y peinetas por doquier.
Los espabilados, no queriendo admitir que se habían pasado tres pueblos, clavaron la mirada en las espaldas de los que tenían delante, haciéndose los sordos.
Mientras los demás los observaban con sonrisas burlonas, en un arrebato de pundonor, corrieron a infiltrarse en medio de la hilera correspondiente, colándose sin miramientos. Por supuesto, la respuesta no se hizo esperar: los llamaban «caraduras» y otras lindezas ininteligibles para la mayoría, pues el cóctel de lenguas era bastante amplio.
El lugar se convirtió en el escenario de una «batalla de gallos» que, a juzgar por cómo la describía Luca, se parecía más a un gallinero.
Un alboroto que obviaba estar a escasos metros del control de la policía aeroportuaria, donde, si el enfrentamiento se desmadraba, podrían haberles negado el ingreso sin más.
Por último, añadió que los agentes de aduanas, contrariados por la hostilidad generada durante el enfrentamiento verbal —que, gracias a Dios, no pasó a mayores—, se pusieron exquisitos e impusieron controles especialmente correosos a cada uno de los involucrados.
Según nos contaba Luca, la inspección fue tan exhaustiva que parecían estar registrando a presos terroristas en la prisión de Guantánamo. Este último comentario, hilarante pero exagerado, provocó que rompiéramos a reír a carcajadas.
La carga melodramática que le imprimía a la historia era insuperable. Por otra parte, entendimos su situación y la necesidad de soltar la tensión acumulada, así que lo dejamos hablar sin interrumpir para que se desahogara a gusto. Lo estaba relatando tan bien y era tan convincente que parecía un locutor de radio profesional haciendo las delicias de sus oyentes: nosotros dos, que nos partíamos de risa con sus ocurrencias rayanas en el delirio. Creíamos estar oyendo una secuela de “En busca del arca perdida” en tono de comedia…

Sobre el autor

Alfonso Corchero es autor de Entre el asfalto y el incienso, una obra nacida de la experiencia, la observación y la búsqueda interior. Su escritura explora las contradicciones del ser humano, los momentos en que lo cotidiano se quiebra y las experiencias que nos obligan a mirar hacia dentro. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, sus relatos invitan al lector a reconocerse en el camino, las dudas y las transformaciones de quien aprende a cruzar sus propios umbrales.

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