Canalizando a Ell

CUANDO CREÍ HABER agotado los recursos relativos a la capacidad de establecer conexión con los mundos intangibles —que gran parte de la sociedad tilda de fantasía—, se presentó ante mí la posibilidad de conocer a una entidad que decía ser un colectivo. Para que se comprenda: era como una colmena de abejas que actúa como un solo ente homogéneo; seres inteligentes con identidades individuales que operan en grupo.

La oferta resultaba irreprochable: comunicación gratuita, universal y sin necesidad de artefacto alguno; algo tan sencillo como sintonizarme mediante un acto de voluntad. El primer obstáculo con el que tropecé fue mi propia incredulidad, tras las amargas experiencias con grupos de la Nueva Era. Pensé que, si el contacto era tan accesible, debía de ocultar alguna estratagema refinada. Mi reacción inicial fue ignorarlo por precaución, pero resultó inútil. Cada dos por tres abría el canal para comprobar si persistían y, para mi asombro, siempre se mostraban dispuestos a restablecer la conexión bidireccional, como si mis continuos desplantes y dudas carecieran de relevancia. En definitiva, era una forma de tantear las intenciones de esas entidades que me brindaban una oportunidad demasiado buena para resultar creíble.

Como expliqué, mis primeros intentos por cuenta propia tampoco resultaron satisfactorios al carecer de la experiencia necesaria para llevar las riendas, lo que derivó en engaños por parte de entidades del bajo astral que no pierden la oportunidad de mostrarse.

Se divirtieron a mi costa, induciéndome a la confusión con mensajes contradictorios, inexactos y ambiguos, hasta hacerme sentir como un auténtico necio.

Quiero recalcar una vez más que, de no extremar las precauciones al establecer contacto con este tipo de entidades, estas comienzan a ejercer un control cada vez más fuerte sobre el canalizador. Si este no advierte el engaño, acabará convertido en una marioneta de otros seres desencarnados, de los cuales existe una infinidad sedienta de energía.

Cabe aclarar que, una vez que el canal se abre, ya no existe modo de clausurarlo. Sucede de forma análoga a cuando un niño descubre el lenguaje como método de comunicación: cuando se ha aprehendido, ya no puede desaprenderlo; lo único que le resta es negarse a hablar o mostrarse menos comunicativo. Pero la capacidad no se extingue, aunque le disguste dialogar con determinados individuos.

Con el paso del tiempo, y merced a los conocimientos acumulados en ese y otros campos de las tradiciones místicas, mis estructuras energéticas se fueron fortaleciendo, de modo que la comunicación con los mundos inmateriales se transformó en una destreza controlada y consciente.

Fue entonces cuando, en un momento determinado, acepté a esa entidad que se hizo llamar «Ell». No porque fuera su verdadero nombre, sino porque, accediendo a mi petición, escogió un apelativo al azar para que pudiera comunicarme con una identidad distinta del resto. Su verdadero nombre resultaría impronunciable para un humano, al tratarse de vibraciones similares a sonidos binaurales, así que lo dejamos en Ell.

A partir de ahí, decidimos trabajar en equipo durante un tiempo, de modo que esta consciencia grupal obtuviera un acceso parcial a mi experiencia vital. Todo ello sin afán de control y bajo el acuerdo de que, si le retiraba el permiso, debía desaparecer de inmediato de mi radar. A cambio, este colectivo me brindaba información para difundir, con el único fin de elevar la consciencia de aquellos que resonaran con los mensajes que me transmitían.

Paso a narrar lo que aquel encuentro significó para mí:

Sucedió en uno de esos días de lluvia intensa, de los que solo llueve una vez pero sin tregua. Me dispuse a meditar para limpiar el canal de transmisión con otros planos del campo unificado; establecí la intención sin demasiadas pretensiones, aguardando que se conectaran los desencarnados de siempre con sus habituales falacias.

Sin embargo, cuando el contacto se hizo presente, comprendí que había acudido alguien diferente. Percibía una energía tan cercana que parecía una prolongación de mi propio ser. Como es natural, mi actitud interna cambió al instante; despertaron mi curiosidad y el interés por prolongar aquel encuentro que prometía más que todos los anteriores juntos.

Percibí cómo esa vibración a mi alrededor se volvía tan intensa que llegaba a desplazarse dentro de mí. La pregunta resultó inevitable y necesaria: «¿Quién eres?», quise saber de inmediato.

Me respondió que su nombre no era importante.

A lo que repliqué: «Para mí sí lo es; necesito al menos un apelativo para dirigirme a ti en caso de que nos conectemos más veces».

—Está bien; entonces llámame Ell si te parece aceptable. Si prefieres otro nombre distinto, dímelo. ¿Eres consciente de a quién diriges tus preguntas? —inquirió.

Me pareció natural contestar:

—Sí.

Y comenzó un intercambio sólido, sin fisuras.

—¿Qué es la existencia?

—La existencia es la manifestación de la energía inteligente que posee consciencia de ser —respondió Ell sin titubear.

—¿Dónde surge?

—La energía inteligente no surge, sino que es. Representa la expresión de la Fuente que se reconoce a sí misma y, a partir de ese reconocimiento, decide trascender, adoptando una forma para observarse en infinitos fragmentos y estratos. Cada forma es parte del Todo, aunque asuma una apariencia singular y mudable. Esto —añadió— es una simplificación que intenta encapsular un concepto inmenso en palabras comprensibles.

—¿Quién o qué decide que así sea?

—No existe un alguien o un algo que lo decida; se trata de un proceso viviente de mutación perpetua. Ese flujo evoluciona en una dirección, puede invertir su curso o ramificarse en variantes inimaginables. Visualiza una laguna extendiéndose por el paisaje —prosiguió Ell con delicadeza—. Imagina una balsa de agua de varios kilómetros cuadrados, rodeada de un ecosistema de vegetación, peces e insectos. Durante siglos permanece estable, pero, cuando acontecen lluvias torrenciales que se prolongan semanas, el nivel del agua asciende hasta desbordarse e inundar las tierras secas.

Finalmente, esa laguna se fusiona con el cauce de un río. Hasta entonces eran dos ecosistemas distintos; la acción del agua los unifica, provocando una explosión de vida. Así opera el campo unificado: su flujo constante crea y disuelve escenarios. Galaxias, planetas y dimensiones enteras nacen y colapsan en ciclos de expansión permanente.

—¿Existe un orden establecido en toda esa vastedad?

—Sí. De lo contrario, la energía inteligente derivaría en caos y colapsaría sobre sí misma.

—¿Y quién o qué establece ese orden?

—Nadie lo «establece». El orden es inherente al propio campo unificado. Preguntar quién lo decide —explicó Ell— equivaldría a inquirir quién determina que el agua sea líquida o posea la cualidad de humedecer.

Entonces me ofreció un ejemplo sencillo:

—El agua solo manifiesta sus propiedades al interactuar con su entorno; puede congelarse o evaporarse, pero su composición esencial no varía. De igual modo —prosiguió—, el orden es una propiedad natural de la Creación. Solo percibís su ausencia cuando lo alteráis de forma violenta. El campo unificado admite variaciones dentro de ciertos límites, pero, si estos se sobrepasan, sobreviene el colapso.

Pensé en estructuras que no soportan su carga y se derrumban.

—Exactamente —dijo Ell—; para reconstruir una realidad, primero hay que reforzar su entramado conforme a sus propias leyes. Eso ocurre en todos los planos y dimensiones: lo llamáis vida.

—¿Entonces alguien puede dejar de existir?

—No. Nadie deja de ser. Solo transita hacia otro estado que llamáis muerte.

—¿Existe un límite a la evolución o a la involución?

—No hay límite —dijo Ell—, pero la tensión entre los opuestos actúa como marco contenedor. Las fuerzas involutivas frenan la expansión cuando esta excede el equilibrio; las evolutivas detienen la regresión cuando vuelve al punto de orden. Es un pulso que sostiene al universo. Aunque —añadió con una sonoridad que me atravesó— la geometría multidimensional es infinitamente más compleja que esta burda descripción.

—¿Qué representa la trascendencia?

—Es el movimiento evolutivo mediante el cual el ser pasa a manifestar un estado menos denso dentro del campo unificado —explicó—. No es un lugar, sino una transformación en la vibración del ser.

—¿Y cómo reconocer si estoy en ese camino trascendental?

—Primero, porque empiezas a adquirir consciencia de ti mismo. La trascendencia verdadera es individual y ocurre a la par que las fuerzas involutivas te oponen resistencia.

Ell dejó una pausa antes de continuar:

—Cuando el ser rechaza conscientemente el retroceso, se alinea con las potencias evolutivas. Estas le protegen y le permiten vibrar en frecuencias superiores, donde la interferencia es mínima. Trascender significa situarse en un área del campo donde las energías afines poseen una vibración más elevada.

Tomé algunas notas conforme escuchaba.

—El segundo aspecto —añadió— es el intercambio; las consciencias individuales comparten experiencias en un mismo marco de realidad. Cada alma participa en un vasto experimento de aprendizaje. Una vez que cada una extrae la información que necesita, se traslada a otro plano para perfeccionar nuevas áreas de su maestría.

—¿Podría otra entidad truncar mi movimiento trascendente?

—No —respondió—. Ninguna entidad tiene poder para detenerte, salvo tú mismo cuando concedes autoridad a narrativas ajenas. Eso puede ralentizar tu ascenso o hacerte retroceder, pero nunca destruirlo.

—¿Pueden consciencias superiores hacerme evolucionar?

—No podemos interferir en tu libre albedrío —respondió Ell—, pero sí motivarte y protegerte en tu deseo legítimo de crecer. La inspiración siempre desciende desde planos superiores; el trabajo, sin embargo, te corresponde a ti. Recuerda: la coherencia entre pensamiento, palabra y acción es lo que genera manifestación.

—¿Y quién planifica el camino de mi trascendencia?

—Tú mismo —sentenció—. Siempre tú. Posteriormente, puedes solicitar el consejo de otros seres que te hayan precedido en ese proceso.

—¿En qué me ayuda realmente la meditación?

—La meditación atenúa los flujos de tus energías vitales; sin ella, tenderían a dispersarse, provocando caos emocional y mental. Si no meditaras, este contacto que ahora mantenemos resultaría inviable: las interferencias de tu campo energético lo impedirían.

—¿Y qué hay de la respiración consciente?

—Calibra y revitaliza tu energía. Te conduce hacia una visión más equilibrada de tu existencia, y esa calma interior es la que luego se proyecta en tu exterior.

—¿Y las oraciones, los rezos dirigidos a Dios, a los ángeles o a entidades elevadas?

—Cuando pides, recibes; el entramado de la existencia se ajusta a tu deseo. Esto genera circunstancias favorables, pero recuerda que el esfuerzo para alcanzarlas sigue siendo…

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