El umbral invisible / Relato literario

Se acercaba el verano, sigiloso y cambiante, como era habitual por aquellas latitudes. Era domingo por la tarde; el cielo gris palidecía, inundado de nubarrones que invadían un atardecer que ya agotaba sus últimos destellos. Tras la cena, permanecí sentado en la cocina, absorto en el continuo tránsito de peatones y vehículos que desfilaban tras la ventana que daba a la carretera. Me perdí en pensamientos difusos, sin más propósito que constatar la consumación de las horas finales de un fin de semana que languidecía.

Desde mi primera experiencia ultrasensorial, los cambios internos que experimentaba sepultaban, uno tras otro, los retazos de mi antiguo «yo». Las capas superfluas de mi impostada personalidad se desprendían como hojas secas en una húmeda tarde otoñal. Aquel misterioso suceso había actuado como detonante de un asombroso viaje interior al que no supe, ni quise, ni pude oponerme: una odisea que, de forma imperceptible para los ojos profanos, fue apartando de mi vida a viejos compañeros, hábitos nocivos, desvaríos pronunciados y mi excesiva necedad.

Mi retirada abrupta de la primera línea de fuego —entendida como una vida social agitada— se transformó, con el paso de los días, en una reclusión monástica autoimpuesta, aunque adaptada a un contexto social sofisticado y exigente en todas sus facetas, enclavado en el centro de la Europa occidental. La agitación febril de años pasados —fiestas, viajes, tropiezos, desmesuras y una vida social rica en matices, pero pobre en costumbres sanas— se había desvanecido.

El proceso de repliegue se producía en medio del torbellino cotidiano que, a esas alturas, me rodeaba sin llegar a rozarme. Lo que meses atrás me habría parecido inconcebible, ahora lo aceptaba como algo natural, guiado únicamente por una voz interior. Lo asumía con certeza, aunque no siempre lograba mantenerme entero, sucumbiendo a menudo a la desazón. Nadie me había entregado un manual de instrucciones para mejorar mi situación personal, la cual aparentaba dirigirse, con frecuencia, hacia la hecatombe. Por otro lado, la prudencia comenzaba a colonizar cada aspecto de mi existencia, allí donde en el pasado reinaron el estrépito y el caos.

Compartir con mi entorno el conocimiento de los episodios místicos que habían sacudido mi espíritu habría sido una imprudencia, por no decir un acto descabellado. Carecía aún de la habilidad necesaria para gestionar la revelación de los detalles más controvertidos y delicados. Resultaba imperativo integrar esas vivencias de manera discreta, sin que fueran demasiado evidentes para las personas con las que mantenía un trato de confianza.

Unas semanas atrás, intenté abrirme con mi círculo familiar más próximo, deslizando algunos detalles sin ofrecer aclaraciones específicas sobre mis experiencias trascendentales.

No resultó como había imaginado; su reacción fue desconcertante. No esperaba un rechazo tan vehemente, por más que fuera inconsciente.

Es cierto que mantuvieron las formas, pero también lo es que dejaron asomar un retintín, acompañado de gestos de incredulidad contenidos, risitas ahogadas, miradas burlonas y narices infladas.

No podía dar crédito: se trataba de mis seres queridos, las personas en las que más confiaba. Sin embargo, interpreté su perplejidad cargada de guasa como una advertencia inapelable; debía guardar silencio.

Por otra parte, debo reconocer que días después, con la mente más serena, acepté su rechazo como un mal inevitable. Llegué a la conclusión de que, si años atrás alguien me hubiera relatado un episodio tan inverosímil, yo mismo lo habría tomado por una burla inaceptable. Las personas que tanto apreciaba no contaban con la comprensión necesaria para discernir tales revelaciones; así que, entre mofas y silencios, me dieron a entender que confesiones de ese tipo no eran bienvenidas. Exponer de forma abierta ciertas verdades podría haber desatado el pánico en ellos.

De hecho, si hubiera persistido en mi intento de compartir lo que me estaba sucediendo, aquello no habría acabado bien. Quién sabe si, tal vez, habrían recurrido a autoridades sanitarias o judiciales para obligarme a recobrar la cordura. O, organizar un frente común entre amigos y vecinos para confrontarme y «exorcizarme esas ideas locas», alegando que lo hacían por mi bienestar o bajo cualquier otra excusa absurda, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia humana.

Ningún razonamiento suyo se habría ajustado a la verdad que yo habitaba, y es posible que el bien que pretendían hacerme se convirtiera en un mal irreversible. Un relato más minucioso habría tenido un impacto demasiado severo. Para recibir tal caudal de verdad es preciso estar preparado en consciencia y, sobre todo, abierto a asimilar revelaciones que sacuden los cimientos de la existencia misma.

En resumen, mi nueva mentalidad espiritualizada ahuyentaba a cualquier individuo de hábitos laxos e indisciplinados. Ahora proyectaba rasgos de una personalidad definida, tejida en torno a principios sólidos. Aunque todavía no estaban plenamente asentados, la orientación era la correcta, con una postura firme ante el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la libertad y la opresión, la lucidez y la inconsciencia.

Esa actitud —o, más bien, esa presencia— ponía en jaque a todo aquel para quien yo servía de reflejo, aun sin pretenderlo. Irradiaba una frecuencia que sacudía las zonas más sombrías de sus almas, incitándolos a huir sin que fueran conscientes del motivo. Eran situaciones incómodas, tanto para el sujeto que tenía enfrente como para mí mismo; en cuanto percibía su desconcierto, contagiado por su turbación, deseaba que el encuentro llegara a su fin.

Lo que sí advertía de inmediato era que esta nueva vibración me volvía irreconocible a sus ojos; se sentían confusos ante alguien que aparentaba ser el mismo de siempre pero que, era una persona distinta. Alguien que, como nunca antes, mostraba integridad y un rechazo absoluto a los chismes, a las artimañas del ego y a toda forma de malicia disfrazada.

Virtudes que aún no manejaba con la destreza necesaria, pero que dejaba asomar sin dar pie a interpretaciones caprichosas. Aplicarlas con destreza me tomaría años de prueba y error, además de granjearme las antipatías de quienes antes celebraban mis gracias de bufón de palacio.

Aún a día de hoy, siento que no he logrado alcanzar plenamente ese grado de…

No es que mis conocidos se exasperaran por verme convertido en un ser que, a su juicio, deliraba fingiendo una suerte de santidad sobreactuada. Más bien, para ellos, me había vuelto extraño y esquivo. Esto, como es lógico, les incomodaba hasta el punto de preferir evitarme. Con sus silencios me daban a entender que nadie cambia de forma tan radical en apenas unos meses. De vez en cuando, me lanzaban un anzuelo con carnaza para ver si regresaba al redil de siempre.

Ignoraban que ese «yo» al que en el pasado habían tomado la medida ya no volvería jamás; simplemente, había dejado de existir. Mis constantes silencios eran interpretados por cada cual a su manera, mientras ni yo mismo comprendía del todo aquel paradójico fenómeno del «ni contigo ni sin ti».

En otras palabras, sus juicios solían ser severos con la lenta pero imparable transformación que atravesaba en silencio. Ninguno me lo reprochó nunca abiertamente, aunque percibía constantemente su desaprobación, cargada de suspicacias envenenadas que herían sin dejar marcas visibles.

¿Qué hacer cuando empiezas a oír lo que otros no oyen?, ¿qué decir cuando empiezas a otear lo que para ellos es invisible?

Las sutilezas que comenzaba a detectar iban en aumento y resultaban abrumadoras; interpretaba mi entorno de formas tan inesperadas y delicadas que la experiencia se tornaba un tormento. Notaba gestos sutiles, casi imperceptibles, al tiempo que leía sus miradas como quien hojea un libro. Incluso cuando permanecían en silencio, en determinados momentos era como si descifrara sus pensamientos.

No en un sentido literal, palabra por palabra, sino captando la intención oculta. Tanto era así que, a veces, se convertía en un verdadero suplicio: eran insoportables aquellas arremetidas funestas disfrazadas de bromas.

Por supuesto, no lo hacían de manera consciente; formaba parte de su idiosincrasia, de su naturaleza más concreta. Era algo similar a cuando alguien tiene un tic o una costumbre arraigada, como morderse las uñas o recolocarse el flequillo cada par de minutos: gestos inconscientes integrados en el comportamiento habitual.

Ese es el tipo de conducta que, en nuestro mundo, hemos normalizado por considerar que no hay malicia en divertirse a costa ajena: lanzar constantes pullas dialécticas, formular preguntas insidiosas, proferir comentarios zafios o esgrimir miradas burlonas, entre otras bravuconadas. Y siempre utilizando la misma excusa recurrente al ser confrontados por sus actos:

«Era broma, no sé por qué te pones así».

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