El cuenta cuentos🇪🇸

A veces, para seguir avanzando, es necesario abandonar por un instante el territorio conocido y permitirse jugar con la imaginación. «El cuenta cuentos» nació de ese impulso: romper mis propias reglas, recuperar algo de la libertad creativa de la infancia y descubrir qué podía ocurrir cuando dejaba de escribir únicamente sobre lo vivido.

Ese estado de cosas acabó influyendo —para mi sorpresa— en el próximo relato que preparaba para mi blog. Sin conocer el motivo real de mi decisión, acepté la voz de mi intuición como una interlocutora válida. ¡Qué digo!, la acepté como una compañera indispensable, no solo en mi día a día, sino también en el despliegue de mis procesos creativos.
Necesitaba liberarme del corsé que yo mismo me había impuesto sobre qué tipo de textos debían publicarse en el blog. Así que decidí ponerme el mundo por montera y, por extraño que pudiera parecer, me dejé llevar por el deseo de escribir un cuento infantil.
Nada del otro mundo —o, mejor dicho, algo de otro mundo—: una realidad inexistente que tomó forma en mi prolífica imaginación, ahora desatada. Sentía la urgencia de expresarme sin que mediara ni la más remota conexión con mis experiencias en los mundos sutiles. Mi mente me pedía a gritos que dejara atrás ese tipo de crónicas que ya habían cumplido con creces su cometido inicial.
Me había librado de la mayoría de mi sufrimiento, de mis dudas e inseguridades; lo había compartido con el mundo virtual y ahora era el momento de dar un giro copernicano: romper moldes, ampliar el horizonte y enfocar la mira hacia otros campos fértiles de la literatura.
No tenía que consultarlo con nadie, ni pedir consejo y mucho menos mendigar aprobación; solo debía ponerme a ello, dando rienda suelta a una creatividad que se agitaba con excitación infantil. Tal vez —y solo tal vez— era un sutil intento de hacer las paces con mi niño interior. Un pensamiento que, en el fondo, me sonaba algo cursi y me hacía sentir ridículo; pero quizá ese era, precisamente, el punto.
Se trataba de recuperar parte de esa inocencia espontánea que me había abandonado hacía tanto y plasmarla en un cuento infantil sin grandes pretensiones. Era un pacto entre mis estados creativos y una mente renovada que aceptaba el reto de romper las cadenas de la ortodoxia autoimpuesta.
Sea como fuere, la decisión estaba tomada. Además, las circunstancias y los elementos me acompañaban; estaban alineados conmigo y con mi afán de traer más color a mi vida.
Había atravesado un tiempo muy duro, un panorama gris que, en ciertos lances del destino, se tornó negro, muy negro. En cambio, ahora aquello se transformaba en un canto renovado a la existencia, canalizado a través del arte de la escritura, que me enseñaba con cada frase a plasmar entre líneas la impronta de mi alma.
Mi primer cuento infantil decía así:
En un país muy lejano llamado Bondadilandia vivía la hermosa reina Amoria, cuya fama llegaba hasta los últimos confines de la tierra conocida. El mundo entero la admiraba por ser la dueña del jardín más colorido jamás visto. En él crecían todo tipo de flores —rosas, amapolas, margaritas, petunias, begonias, claveles o lavanda, entre muchas otras variedades—, junto a robustos árboles gigantes y matorrales aromáticos que impregnaban los alrededores y las estancias del palacio con su suave fragancia.
Las flores de su jardín alcanzaban un tamaño increíble: al menos dos metros de altura. De ellas se extraían grandes cantidades de aceites esenciales para elaborar los perfumes más delicados del mercado internacional. Eran tan enormes que servían de cobijo a miles de aves e insectos que habitaban aquellos parajes idílicos. La convivencia entre los animales y los bondadilenses era cercana y de respeto mutuo, lo que permitía que las aves lucieran confiadas sus coloridos plumajes, volando y trinando libremente entre los árboles y los alrededores del gigantesco parque que rodeaba el palacio.
Las aves, aparte de deleitar a los habitantes con su presencia, tenían la importante tarea de ahuyentar de los jardines y alrededores a los malos espíritus mediante su alegre gorjeo. Con su canto evitaban que estos seres oscuros se acercaran con la intención de adueñarse de los corazones de los bondadilenses. Tal era el odio que la armonía y la felicidad generaban en aquellos oscuros seres —con forma de peces globo alados— que el bienestar terminaba por acabar con ellos: en cuanto el trino de los pájaros copaba la zona circundante, se sentían tan desdichados que comenzaban a inflarse hasta que, finalmente, reventaban.
La incomparable belleza de los millares de flores que crecían en los jardines reales aumentaba día tras día. Los aromas y los granos de polen que emanaban, transportados por corrientes de aire hasta los rincones más recónditos de la comarca, atraían a millones de abejas. Estas, afanadas en su labor, producían una miel única en el mundo, de la que se decía que poseía sorprendentes propiedades curativas y regeneradoras. La cantidad que no se consumía en el reino —pues la recolecta era verdaderamente formidable— se introducía en toneles de roble envejecido para luego ser comerciada en los países vecinos.
En su escaso tiempo libre, la reina Amoria se dedicaba al cuidado y supervisión del cultivo de algunas de las flores más delicadas: aquellas que poseían un componente secreto conocido como el «elixir de la vida». Al tiempo que las regaba y podaba, entonaba hermosas canciones inspiradas en los cánticos de los pájaros que volaban a su alrededor sin incomodarla, como centinelas bien adiestrados.
Recuerdo una de ellas que decía:
«Y si mis flores nos perfuman y alimentan,
y mis aves a los malos espíritus ahuyentan,
yo por mis flores haré lo que sea preciso,
pues con las ganancias que obtengo,
alimento a mis niñas y a mis niños».
Tras haber pasado un feliz día de descanso en los jardines palaciegos, la reina decidió que, antes de retirarse a sus aposentos, recogería un poco de miel para llevarla consigo. De repente, a lo lejos vio venir a un mensajero real a lomos de un caballo pardo, procedente del país vecino. Era fácil reconocerlo por el estandarte que portaba con orgullo, aferrado con una de sus manos, mientras con la otra sujetaba las riendas.
Los guardianes de palacio le dieron el alto para que presentara sus credenciales. El mensajero explicó que venía de Felicilandia y que traía un mensaje urgente del rey para su majestad, la reina Amoria. En él se solicitaba que partiera de inmediato para reunirse con el monarca Justus, pues era necesario tratar asuntos de gran delicadeza.
Antes de partir, la reina convocó a los caballeros y damas de la corte y advirtió a sus vigilantes sobre la importancia de mantener alejados a los espíritus malignos de los jardines. Hizo especial hincapié en que era imprescindible conservar los corazones de todos los habitantes puros y unidos durante su ausencia.
—Un solo corazón endurecido entre nosotros puede desatar una epidemia entre la población del reino —dijo con gravedad—.
Eso atraería de inmediato a las malvadas entidades que todos conocemos y tememos: Amarguria, Envidio, Cizañas, Mentiría y Avaricio. Con su sola presencia harían enfermar a nuestras hermosas aves, dejando desprotegidas las espléndidas flores de nuestro jardín hasta acabar con ellas. Como entenderéis —exclamó con autoridad—, eso no podemos permitirlo, porque significaría también el fin de nuestro reino.
Un par de días después de su marcha, uno de sus consejeros más fieles tuvo que salir a su encuentro con urgencia. Las flores del jardín estaban siendo invadidas por una extraña epidemia y, a pesar de haberlas tratado con los antídotos más potentes, no lograban recuperarse. Ya casi habían perdido su color y, para mayor desgracia, desprendían un hedor insoportable, como a huevos podridos.
Las aves del reino, temerosas de enfermar —pues aquellas flores eran su morada y su principal fuente de alimento—, decidieron migrar para proteger y alimentar en otro lugar a sus crías. Nadie podía saber si se habían ido para siempre o si algún día regresarían.
Amoria, mujer sabia y audaz, escuchó con atención el relato de su consejero y, con serenidad imperturbable, le preguntó:
—Dime, apuesto caballero, ¿hay algo más que deba saber?
—Oh, sí, Alteza —respondió él con voz grave—. Poco antes de que apareciera la terrible epidemia, surgió en palacio un extraño malestar. Las discusiones entre nuestra gente que trabaja en el jardín son diarias.
Nadie está dispuesto a dar su brazo a torcer ni a dejar de lado las diferencias, que parecen haberse acentuado especialmente ayer. Después de discutir durante horas, resulta inútil tratar de determinar quién dice la verdad y quién miente.
—¡Ahora comprendo! —exclamó la reina, con los ojos encendidos por la comprensión—. En palacio se han colado los maléficos espíritus. Tenemos que volver de inmediato para poner orden antes de que se forme una revuelta y tengamos que lamentar males mayores. Cabalgaremos toda la noche si es preciso —declaró la reina con determinación—. Y cuando lleguemos, elaboraré un plan minucioso para acabar con esos indeseables parásitos.
A su llegada a palacio, Amoria ordenó trenzar la cuerda más larga que jamás se hubiera visto en el reino. Una vez finalizado el trabajo, se la entregó al más intrépido de sus jinetes, con un anillo atado a uno de sus extremos.
—Este anillo es mágico —le explicó la reina en voz baja—. Tómalo entre tus manos ahora.
El jinete obedeció al instante y esperó, conteniendo la respiración, a la espera de que sucediera algo extraordinario. Pero nada ocurrió. Permaneció quieto, sin alteraciones en su aspecto ni en su ánimo. Amoria, al comprobar que su fiel soldado seguía siendo el mismo de siempre, sonrió aliviada y prosiguió:
—Es muy importante que no reveles a nadie lo que acabo de decir sobre este anillo. Todos deben pensar que es una bonita joya, nada más.
—Su Majestad, guardaré silencio de por vida —juró el jinete con solemnidad—. Este secreto me lo llevaré a la tumba.
—Entonces escucha con atención —continuó ella, bajando aún más la voz—. Este anillo posee el poder de desenmascarar a quienes hayan sido afectados por los malos espíritus. Deberás estar atento y tomar apuntes sin que se note. Cualquier ciudadano que haya mentido y lo toque con sus manos comenzará a llenarse de pequeñas costras negras que irán brotando en su piel a lo largo de las próximas horas. Así podremos reconocer a quienes han sido infectados por Cizañas, Mentiría y el resto de engendros malvados. Caballero, cabalga hasta el lago —ordenó la reina con voz firme—. Toma el bote que está amarrado en la orilla, ata la cuerda a la popa y baja buceando con el anillo sujeto al otro extremo hasta tocar fondo. Una vez allí, enreda la cuerda entre las rocas para que quede bien encallada. Hazlo de tal manera que el anillo sea visible, en un lugar donde cualquiera que intente recuperarlo se vea obligado a usar las manos… pero que, aun así, le resulte imposible arrancarlo y deba desistir en su intento.
Al día siguiente, la reina convocó a todos los habitantes de palacio y les habló con voz imperativa:
—¡Atención! El otro día, mientras remaba en el lago, dejé caer por descuido uno de mis anillos preferidos al agua y hasta ahora he sido incapaz de recuperarlo. En el punto donde cayó, mandé colocar una barca desde la que se desliza una cuerda hacia el fondo. Aquel de vosotros que consiga traérmelo recibirá treinta monedas de oro. Pero debéis saber que solo podréis utilizar vuestras manos para recuperarlo; si se daña con cualquier objeto punzante o metálico, perderá todo su valor.
—A partir de ahora, saldréis de uno en uno hacia el lago —ordenó la reina con voz serena pero firme—. Aquel que consiga rescatar el anillo me lo entregará en mano para recibir su merecida recompensa…

Aquella pequeña rebelión creativa terminó enseñándome algo inesperado: también inventando mundos podía seguir explorando los mismos interrogantes que me acompañaban en la vida real. Cambiaban los personajes y los escenarios, pero permanecía intacta la búsqueda. Tal vez contar historias sea precisamente eso: utilizar otros caminos para acercarnos a verdades que, de frente, no siempre sabemos mirar.



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