El cuenta cuentos

Ese estado de cosas acabó influyendo —para mi sorpresa— en el próximo relato que preparaba para mi blog. Sin conocer el motivo real de mi decisión, acepté la voz de mi intuición como una interlocutora válida. ¡Qué digo!, la acepté como una compañera indispensable, no solo en mi día a día, sino también en el despliegue de mis procesos creativos.

Necesitaba liberarme del corsé que yo mismo me había impuesto sobre qué tipo de textos debían publicarse en el blog. Así que decidí ponerme el mundo por montera y, por extraño que pudiera parecer, me dejé llevar por el deseo de escribir un cuento infantil.

Nada del otro mundo —o, mejor dicho, algo de otro mundo—: una realidad inexistente que tomó forma en mi prolífica imaginación, ahora desatada. Sentía la urgencia de expresarme sin que mediara ni la más remota conexión con mis experiencias en los mundos sutiles. Mi mente me pedía a gritos que dejara atrás ese tipo de crónicas que ya habían cumplido con creces su cometido inicial.

Me había librado de la mayoría de mi sufrimiento, de mis dudas e inseguridades; lo había compartido con el mundo virtual y ahora era el momento de dar un giro copernicano: romper moldes, ampliar el horizonte y enfocar la mira hacia otros campos fértiles de la literatura.

No tenía que consultarlo con nadie, ni pedir consejo y mucho menos mendigar aprobación; solo debía ponerme a ello, dando rienda suelta a una creatividad que se agitaba con excitación infantil. Tal vez —y solo tal vez— era un sutil intento de hacer las paces con mi niño interior. Un pensamiento que, en el fondo, me sonaba algo cursi y me hacía sentir ridículo; pero quizá ese era, precisamente, el punto.

Se trataba de recuperar parte de esa inocencia espontánea que me había abandonado hacía tanto y plasmarla en un cuento infantil sin grandes pretensiones. Era un pacto entre mis estados creativos y una mente renovada que aceptaba el reto de romper las cadenas de la ortodoxia autoimpuesta.

Sea como fuere, la decisión estaba tomada. Además, las circunstancias y los elementos me acompañaban; estaban alineados conmigo y con mi afán de traer más color a mi vida.

Había atravesado un tiempo muy duro, un panorama gris que, en ciertos lances del destino, se tornó negro, muy negro. En cambio, ahora aquello se transformaba en un canto renovado a la existencia, canalizado a través del arte de la escritura, que me enseñaba con cada frase a plasmar entre líneas la impronta de mi alma.

Mi primer cuento infantil decía así:

En un país muy lejano llamado Bondadilandia vivía la hermosa Reina Amoria, cuya fama llegaba hasta los últimos confines de la tierra conocida. El mundo entero la admiraba por ser la dueña del jardín más colorido jamás visto. En él crecían todo tipo de flores —rosas, amapolas, margaritas, petunias, begonias, claveles o lavanda, entre muchas otras variedades—, junto a robustos árboles gigantes y matorrales aromáticos que impregnaban los alrededores y las estancias del palacio con su suave fragancia.

Las flores de su jardín alcanzaban un tamaño increíble: al menos dos metros de altura. De ellas se extraían grandes cantidades de aceites esenciales para elaborar los perfumes más delicados del mercado internacional. Eran tan enormes que servían de cobijo a miles de aves e insectos que habitaban aquellos parajes idílicos. La convivencia entre los animales y los bondadilenses era cercana y de respeto mutuo, lo que permitía que las aves lucieran confiadas sus coloridos plumajes, volando y trinando libremente entre los árboles y los alrededores del gigantesco parque que rodeaba el palacio.

Las aves, aparte de deleitar a los habitantes con su presencia, tenían la importante tarea de ahuyentar de los jardines y alrededores a los malos espíritus mediante su alegre gorjeo. Con su canto evitaban que estos seres oscuros se acercaran con la intención de adueñarse de los corazones de los bondadilenses. Tal era el odio que la armonía y la felicidad les generaba a aquellos oscuros seres —con forma de peces globo alados—, que el bienestar terminaba por acabar con ellos: en cuanto el trino de los pájaros copaba la zona circundante, se sentían tan desdichados que comenzaban a inflarse hasta que, finalmente, reventaban.

La incomparable belleza de los millares de flores que crecían en los jardines reales aumentaba día tras día. Los aromas y los granos de polen que emanaban, transportados por corrientes de aire hasta los rincones más recónditos de la comarca, atraían a millones de abejas. Estas, afanadas en su labor, producían una miel única en el mundo, de la que se decía que poseía sorprendentes propiedades curativas y regeneradoras. La cantidad que no se consumía en el reino —pues la recolecta era verdaderamente formidable— se introducía en toneles de roble envejecido para luego ser comerciada en los países vecinos.

En su escaso tiempo libre, la Reina Amoria se dedicaba al cuidado y supervisión del cultivo de algunas de las flores más delicadas: aquellas que poseían un componente secreto conocido como el «elixir de la vida». Al tiempo que las regaba y podaba, entonaba hermosas canciones inspiradas en los cánticos de los pájaros que volaban a su alrededor sin incomodarla, como centinelas bien adiestrados.

Recuerdo una de ellas que decía:

«Y si mis flores nos perfuman y alimentan,

y mis aves a los malos espíritus ahuyentan,

yo por mis flores haré lo que sea preciso,

pues con las ganancias que obtengo,

alimento a mis niñas y a mis niños».

Tras haber pasado un feliz día de descanso en los jardines palaciegos, la reina decidió que, antes de retirarse a sus aposentos, recogería un poco de miel para llevarla consigo. De repente, a lo lejos vio venir a un mensajero real a lomos de un caballo pardo, procedente del país vecino. Era fácil reconocerlo por el estandarte que portaba con orgullo, aferrado con una de sus manos, mientras con la otra sujetaba las riendas.

Los guardianes de palacio le dieron el alto para que presentara sus credenciales. El mensajero explicó que venía de Felicilandia y que traía un mensaje urgente del rey para su majestad la Reina Amoria. En él se solicitaba que partiera de inmediato para reunirse con el monarca Justus, pues era necesario tratar asuntos de gran delicadeza.

Antes de partir, la Reina convocó a los caballeros y damas de la corte y advirtió a sus vigilantes sobre la importancia de mantener alejados a los espíritus malignos de los jardines. Hizo especial hincapié en que era imprescindible conservar los corazones de todos los habitantes puros y unidos durante su ausencia.

—Un solo corazón endurecido entre nosotros puede desatar una epidemia entre la población del reino —dijo con gravedad—.

Eso atraería de inmediato a las malvadas entidades que todos conocemos y tememos: Amarguria, Envidio, Cizañas, Mentiría y Avaricio. Con su sola presencia harían enfermar a nuestras hermosas aves, dejando desprotegidas las espléndidas flores de nuestro jardín hasta acabar con ellas. Como entenderéis —exclamó con autoridad—, eso no podemos permitirlo, porque significaría también el fin de nuestro reino.

Un par de días después de su marcha, uno de sus consejeros más fieles tuvo que salir a su encuentro con urgencia. Las flores del jardín estaban siendo invadidas por una extraña epidemia y, a pesar de haberlas tratado con los antídotos más potentes, no lograban recuperarse. Ya casi habían perdido su color y, para mayor desgracia, desprendían un hedor insoportable, como a huevos podridos.

Las aves del reino, temerosas de enfermar —pues aquellas flores eran su morada y su principal fuente de alimento—, decidieron migrar para proteger y alimentar en otro lugar a sus crías. Nadie podía saber si se habían ido para siempre o si algún día regresarían.

Amoria, mujer sabia y audaz, escuchó con atención el relato de su consejero y, con serenidad imperturbable, le preguntó:

—Dime, apuesto caballero, ¿hay algo más que deba saber?

—Oh, sí, Alteza —respondió él con voz grave—. Poco antes de que apareciera la terrible epidemia, surgió en palacio un extraño malestar. Las discusiones entre nuestra gente que trabaja en el jardín son diarias.

Nadie está dispuesto a dar su brazo a torcer ni a dejar de lado las diferencias, que parecen haberse acentuado especialmente ayer. Después de discutir durante horas, resulta inútil tratar de determinar quién dice la verdad y quién miente.

—¡Ahora comprendo! —exclamó la reina, con los ojos encendidos por la comprensión—. En palacio se han colado los maléficos espíritus. Tenemos que volver de inmediato para poner orden antes de que se forme una revuelta y tengamos que lamentar males mayores. Cabalgaremos toda la noche si es preciso —declaró la reina con determinación—. Y cuando lleguemos, elaboraré un plan minucioso para acabar con esos indeseables parásitos.

A su llegada a palacio, Amoria ordenó trenzar la cuerda más larga que jamás se hubiera visto en el reino. Una vez finalizado el trabajo, se la entregó al más intrépido de sus jinetes, con un anillo atado a uno de sus extremos.

—Este anillo es mágico —le explicó la reina en voz baja—. Tómalo entre tus manos ahora.

El jinete obedeció al instante y esperó, conteniendo la respiración, a esperas de que sucediera algo extraordinario. Pero nada ocurrió. Permaneció quieto, sin alteraciones en su aspecto ni en su ánimo. Amoria, al comprobar que su fiel soldado seguía siendo el mismo de siempre, sonrió aliviada y prosiguió:

—Es muy importante que no reveles a nadie lo que acabo de decir sobre este anillo. Todos deben pensar que es una bonita joya, nada más.

—Su Majestad, guardaré silencio de por vida —juró el jinete con solemnidad—. Este secreto me lo llevaré a la tumba.

—Entonces escucha con atención —continuó ella, bajando aún más la voz—. Este anillo posee el poder de desenmascarar a quienes hayan sido afectados por los malos espíritus. Deberás estar atento y tomar apuntes sin que se note. Cualquier ciudadano que haya mentido y lo toque con sus manos comenzará a llenarse de pequeñas costras negras que irán brotando en su piel a lo largo de las próximas horas. Así podremos reconocer a quienes han sido infectados por Cizañas, Mentiría y el resto de engendros malvados. Caballero, cabalga hasta el lago —ordenó la reina con voz firme—. Toma el bote que está amarrado en la orilla, ata la cuerda a la popa y baja buceando con el anillo sujeto al otro extremo hasta tocar fondo. Una vez allí, enreda la cuerda entre las rocas para que quede bien encallada. Hazlo de tal manera que el anillo sea visible, en un lugar donde cualquiera que intente recuperarlo se vea obligado a usar las manos… pero que, aun así, le resulte imposible arrancarlo y deba desistir en su intento.

Al día siguiente, la reina convocó a todos los habitantes de palacio y les habló con voz imperativa:

—¡Atención! El otro día, mientras remaba en el lago, dejé caer por descuido uno de mis anillos preferidos al agua y hasta ahora he sido incapaz de recuperarlo. En el punto donde cayó, mandé colocar una barca desde la que se desliza una cuerda hacia el fondo. Aquel de vosotros que consiga traérmelo recibirá treinta monedas de oro. —Pero debéis saber que solo podréis utilizar vuestras manos para recuperarlo; si se daña con cualquier objeto punzante o metálico, perderá todo su valor.

A partir de ahora, saldréis de uno en uno hacia el lago —ordenó la reina con voz serena pero firme—. Aquel que consiga rescatar el anillo me lo entregará en mano para recibir su merecida recompensa.

Durante todo el día, desfilaron ante la reina uno tras otro. Los sinceros regresaban abatidos y molestos, frustrados por no haberlo conseguido; los mentirosos, en cambio, corrían despavoridos a ocultarse en sus casas, avergonzados y aterrorizados por los misteriosos brotes purulentos que parecían multiplicarse sobre su piel.

Un día después, dado que en el reino todos se conocían y no era posible permanecer ocultos sin que nadie notara su ausencia, Amoria hizo llamar a todos los habitantes de palacio para que se presentaran uno a uno ante ella.

A los mentirosos se les invitó a pasar a un enorme salón que, había sido transformado en un intrincado laberinto de espejos. Estos pobres desgraciados, al verse reflejados en los cristales sujetos al suelo, al techo y a las paredes —formando enrevesados pasillos, escaleras y rampas—, comenzaron a corretear y a gritar horrorizados, perdidos en un piélago infinito de sus propios rostros distorsionados.

Las manchas negras que cubrían su cuerpo de pies a cabeza, reflejadas en los espejos cóncavos y convexos repartidos por doquier, adquirían una apariencia aún más grotesca. Tras dejarlos durante horas correr y gritar atrapados en aquel pavoroso laberinto, la Reina Amoria ordenó que los liberaran para conducirlos al patio exterior del palacio.

Allí fueron expuestos en taparrabos ante el resto de ciudadanos, aquellos de corazones puros y sin mancha. Los mentirosos, humillados y cabizbajos, fueron tomando sitio en el centro del patio, donde fueron abucheados por los demás para su vergüenza.

La reina levantó la mano izquierda y, sujetando con la derecha su báculo, dio un golpe seco contra la tarima de madera para imponer silencio. Entonces habló con voz clara y firme:

—Todos aquellos que habéis tratado de enriqueceros mientras negabais vuestros embustes, culpando a otros de vuestras propias fechorías a sabiendas de que poníais en peligro el bienestar común… tendréis una última oportunidad de corregir vuestros errores si no queréis ser expulsados del reino para siempre.

Al tiempo que se pronunciaba con tanta contundencia, a Amoria le carcomía por dentro tener que aplicar un castigo tan severo, pero sabía que la supervivencia del reino dependía de su firmeza.

Luego, continuó:

—Primero, deberéis pedir disculpas públicamente a todos los que habéis agraviado. Inmediatamente dejaréis vuestros puestos de trabajo en palacio y, a partir de mañana, trabajaréis en las minas de carbón hasta nueva orden. Por último, prometeréis no volver a mentir nunca más, para evitar poner en riesgo nuestro hermoso hogar. Pero antes de que regreséis a vuestras casas, deberéis entonar a pleno pulmón los cantos que aprendimos de las aves que se vieron obligadas a migrar por vuestra negligencia.

—De esa manera, ahuyentaréis juntos a esos malos espíritus que anidaron en vuestros corazones. Cuando estéis limpios de toda impureza, las desagradables manchas negras desaparecerán. Aunque no será para siempre: a partir de hoy, cada vez que mintáis, si en ese preciso instante no pedís perdón, las manchas volverán; y cada vez que lo hagan, serán más grandes y más molestas.

Entonces, la reina Amoria sostuvo el anillo mágico entre sus manos y, alzándolas hacia el cielo, exclamó:

—¡Que la luz de las estrellas limpie de un soplo el corazón del mentiroso confeso!

De repente, y como por arte de magia, conforme las manchas desaparecían de la piel de los afectados, los espíritus malignos se hicieron visibles ante todos. Salieron expelidos de los corazones sanados, profiriendo tremendos alaridos mientras eran consumidos por una llama misteriosa que los elevaba por los aires hasta disolverlos entre las nubes.

Atónitos ante aquel espectáculo, los lugareños gritaron llenos de júbilo. En medio de ese frenesí, sacaron tambores, liras, flautas y panderetas para festejar la histórica victoria de la luz contra la oscuridad. Ahora sí, verdaderamente unidos, celebraron una gran fiesta que duró hasta el amanecer.

Los pájaros, al oír desde la lejanía aquella música extraordinaria que derrochaba felicidad, volaron de vuelta para posarse sobre los árboles y, todos juntos en coro, cantaron:

«Y si mis flores nos perfuman y alimentan,

y a los malos espíritus ahuyentan,

yo por mis flores haré lo que sea preciso,

pues con las ganancias que obtengo,

alimento a mis niñas y a mis niños».

¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!

¡Qué gozada! Esta vez el sentido común se había desentendido por completo de quien creía o decía ser, para dar paso a una versión distinta de mí como autor. El salto efectuado había sido tan monumental que dudaba del origen de las palabras apiñadas en mi primer cuento infantil, aunque fueran de mi propia cosecha. Es decir, esta vez no me vi obligado a rascar en las profundidades de mi memoria para rescatar recuerdos difusos, impregnados de una subjetividad aplastante; asfixiante, para ser exacto. Esta experiencia era de una naturaleza distinta; se presentaba en un contexto diferente al no tener conexión alguna conmigo.

Para mí era como adentrarme en un lago con una barca, poner cebo en un anzuelo y lanzar la caña para pescar las palabras que fui añadiendo al relato. Digamos que significó tener acceso a una historia, entre una infinidad de ellas, que necesitó primero ser moldeada, como lo hace un escultor con un pedazo de roca: una mole de piedra que es traída de algún lugar y luego, con arte y destreza, es trabajada hasta que manifiesta la forma que ocultaba en su seno antes de ser desnudada.

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