
Cuando aparqué el coche a dos calles de la dirección marcada en el mapa, tomé el papel de nuevo entre mis manos como oro en paño.
Fue inevitable que irrumpiera en ese instante el recuerdo de Martina y de su sobre de papel reciclado cargado de dinamita, aquel que me entregĂł como si la cosa no fuera con ella.
Creo haber mencionado ya lo prodigioso que es el universo; por si lo he olvidado, lo hago ahora para que quede constancia:
¡el universo es maravilloso!
En cambio, este sobre que aferraba entre mis dedos era de un algodĂłn ligeramente acolchado que se sentĂa como tela fina.
«Pillowy, señor Kiran», habrĂa dicho el bueno de Kasun de haber estado sentado a mi lado en mi nuevo automĂłvil. Con un lazo de color granate que cruzaba el lacre en forma de cruz, hecho de un material metálico al tacto, similar al papel de aluminio, el sobre refulgĂa como el sol mismo cuando los Ăşltimos rayos del atardecer lo golpeaban, justo antes de que el astro rey se retirara a descansar.
De camino al local —marcado en el mapa con un cĂrculo rojo—, iba pensando en cĂłmo me las arreglarĂa durante la velada para socializar.
Mis conocimientos de inglĂ©s no habĂan avanzado ni un ápice en esos dos meses y aquello, no cabĂa duda, representaba un obstáculo serio. Peor aĂşn: no habĂa garantĂa de que todos los invitados esrilanqueses lo hablaran con fluidez, o siquiera de que tuvieran ganas de esforzarse en hacerlo.
SabĂa perfectamente que, cuando personas de la misma nacionalidad se reĂşnen en un paĂs extranjero, tienden a refugiarse en su lengua materna para comunicarse con comodidad.
Si a eso sumábamos que se trataba de un banquete de boda tradicional, con toda la familia y los conocidos cercanos —algunos llegados expresamente desde Sri Lanka solo para la ocasión—, las probabilidades de encontrar a algún invitado europeo eran remotas; las de dar con un suizo, francamente, nulas.
Al girar hacia la Morgentalstrasse, me topĂ© de pronto con un formidable tumulto de gente apiñada ante un enorme portĂłn de metal negro. Me quedĂ© clavado en el sitio al darme cuenta de que, en esa velada, me sentirĂa como un limĂłn metido en una caja de naranjas.
El miedo escénico me asaltó —no hasta el punto de paralizarme, pero sà lo suficiente como para obligarme a detenerme unos instantes antes de unirme al grupo—.
Necesitaba observar con detenimiento lo que, a poco más de veinte metros del portón, se me antojaba un auténtico espectáculo.
No creo exagerar si digo que en toda mi vida no habĂa presenciado un derroche de colorido y elegancia llevado a tal grado de excelencia. Me alegrĂ© de haberme detenido en aquella esquina; querĂa grabar en la retina esa imagen que superaba en fantasĂa a cualquier cosa que hubiera escrito en mis relatos.
Sobre todo por el factor cultural: una vez que estuviera entre ellos, ya no podrĂa examinar con tanta minuciosidad los detalles.
Los caballeros, en lĂneas generales, seguĂan un cĂłdigo de vestimenta formal: pantalones y chaquetas en tonalidades sobrias —negro, azul marino o gris— y corbata en la mayorĂa de los casos. Lo que más destacaba eran los relojes de pulsera dorados —quiĂ©n sabe si de oro verdadero— y los broches discretos en corbatas y solapas, adornados con gemas brillantes pero sin ostentaciĂłn.
Las damas, en cambio, eran un espectáculo cromático difĂcil de igualar: una explosiĂłn de tonalidades en sus atuendos, con bordados magistrales en plata, oro y toda clase de colores entrelazados.
Muchas vestĂan el osariya tradicional —ese drapeado fluido con su caracterĂstico volante en la cintura— en cremas, dorados, rojos intensos, verdes esmeralda o azules profundos. Iban cargadas de una joyerĂa que relucĂa bajo las luces del atardecer: capas de cadenas, colgantes elaborados, brazaletes gruesos y tocados frontales que les conferĂan un aire oriental casi aristocrático.
Una vez logré aplacar mi curiosidad más acuciante, decidà acercarme para integrarme al grupo que aguardaba la entrada triunfal de los novios. Aún quedaban rayos solares, aunque ya tibios, asà que opté por mantener las gafas de sol puestas: una forma discreta de observar cuanto me rodeaba sin llamar demasiado la atención.
Aunque, a juzgar por cómo me acechaban —del primero al último de los invitados— desde que me unà a ellos, mi intento de pasar desapercibido resultó bastante inútil.
Tras un par de minutos, pareciĂł que aceptaban mi presencia en el banquete, pues algunos de los hombres empezaron a sonreĂr.
La verdad es que, rodeado de tantos esrilanqueses curiosos, me sentĂa como un autĂ©ntico mono de feria. Las mujeres eran bastante más sutiles en su forma de mirar, pero no por ello menos fisgonas.
ÂżQuĂ© hacer en una situaciĂłn asĂ? «SonreĂr, querido», dictĂł la voz de mi intuiciĂłn. AsĂ que activĂ© el modo «radar de buque de guerra»: giraba la cabeza de un lado a otro esgrimiendo una sonrisa fresca, sin detenerme en nadie concreto, repartiendo la atenciĂłn como quien barre el horizonte.
De repente, estallĂł un clamor generalizado y todos giraron el cuello en la misma direcciĂłn. No habĂa duda: los novios estaban a punto de aparecer. Con un golpe seco seguido de un chirrido tremendo, el portĂłn metálico se abriĂł de par en par.
Al instante, comenzaron a sonar los tambores —un ritmo alegre y profundo que se instalaba directamente en el pecho—. A eso le siguiĂł un trino agudo, vibrante y prolongado que emitĂan varias de las mujeres presentes, cargando la escena de una emocionalidad tan desbordante que parecĂa que iban a levantar el vuelo… y yo con ellas.
Alzaron los brazos al unĂsono y se colocaron a ambos lados del portĂłn, formando un pasillo humano perfecto ante la inminente llegada de los afortunados. AprovechĂ© ese instante de frenesĂ colectivo para posar la mirada en las invitadas que tenĂa más cerca; en concreto, en los magnĂficos saris con pliegues frontales marcados y cola larga —en rojos intensos o marfil con bordados de oro reluciente— con los que estaban ataviadas.
Tras elevar los brazos para formar el pasillo, dejaron a la vista unos extraordinarios tatuajes de henna que cubrĂan manos y antebrazos; en algunas, incluso los dedos lucĂan patrones florales que parecĂan cobrar vida bajo la luz del atardecer.
No podĂa pasar por alto los gráciles nathori: esas delicadas cadenas de oro que conectaban el piercing de la nariz con el de la oreja, formando una curva elegante a lo largo de la mejilla. No eran piezas modestas en absoluto; por el tamaño, el peso y la cantidad de eslabones y colgantes, supuse que eran joyas reservadas para ocasiones tan especiales como esta, no algo para el dĂa a dĂa. DebĂa de resultar incĂłmodo, pero las lucĂan con una naturalidad que quitaba el aliento.
Entonces, comenzaron a sonar unas trompetas profundas y resonantes que no lograba ver desde mi posición; más tarde supe que eran conchas marinas utilizadas como instrumentos ceremoniales.
Su sonido era grave, ancestral, casi hipnĂłtico. Entonces, con paso solemne y lento —como prĂncipes de Oriente entrando a palacio—, hicieron su apariciĂłn Sanduni y Kasun.
¡QuĂ© elegancia! ¡QuĂ© poderĂo!
Fue un privilegio inmenso contemplar una imagen tan inspiradora y, al mismo tiempo, tan tierna. No sĂ© por dĂłnde empezar a describir aquella escena rebosante de luz, color y un señorĂo indiscutible que me dejĂł perplejo por la riqueza de sus matices.
Comenzando por Kasun: vestĂa su traje nilame negro bordado en oro y zapatos de cuero reluciente. Llevaba un fajĂn muy ancho con hebillas doradas llamado kamarabandha —segĂşn me explicaron despuĂ©s—, que combinaba con varias cadenas de oro al cuello y un broche ornamentado sobre la solapa, cuya pedrerĂa brillaba como estrellas diminutas.
La chaqueta tenĂa un evidente parecido con un uniforme militar colonial británico —hombros estructurados, corte entallado, bordados densos—, pero para rematar el toque regio, a un costado de la cintura colgaba un sable oriental ceremonial con empuñadura dorada y vaina trabajada.
En los puños, bajo las mangas de la guerrera, asomaban unos gemelos estupendos de pedrerĂa incrustada en oro que captaban cada destello de luz.
Sin olvidar el turbante o thoppiya: hecho de terciopelo negro, con bordados densos en oro y plata, motivos ornamentales y un adorno central elevado en la parte frontal que se erguĂa como una cresta majestuosa. En definitiva, más que un turbante parecĂa una corona baja acolchada de cuatro puntas, digna de un noble del antiguo reino de Kandy.
Ahora hablemos de la novia, Sanduni, que era de una hermosura inconcebible. VestĂa su osariya tradicional: seis metros de tela en tonos crema, biscuit, blanco marfil y dorado muy claro. La tela estaba profusamente tejida con hilos de oro y plata, perlas, lentejuelas y pedrerĂa que formaban motivos florales y sĂmbolos que, para mĂ, resultaban desconocidos.
El estilo era inconfundible: el caracterĂstico neriya —un volante fruncido y voluminoso alrededor de la cintura—, la pota —el extremo suelto del sari drapeado con gracia sobre el hombro izquierdo— y una blusa ajustada de cuello redondo que le otorgaba un aire noble y recatado.
Todo ello se combinaba con una joyerĂa impresionante y pesada —como si portara el peso simbĂłlico de una tradiciĂłn milenaria— y cadenas de oro en mĂşltiples capas que brillaban con cada movimiento.
Los colgantes o padakkam eran elaborados: motivos de cisne, sĂmbolos florales de prosperidad y el poderoso makara —esa criatura mĂtica mitad pez y mitad dragĂłn, guardián y protector en la mitologĂa cingalesa—.
Cerca del cuello lucĂa el karapatti: un collar ajustado como una gargantilla, ancho y majestuoso, con un gran pendiente central del que destacaba una piedra excepcional: una gema roja brillante. Luego venĂa la peti malaya, la cadena más larga de todas, cuyo nombre significa literalmente «guirnalda de pĂ©talos».
Estaba hecha de eslabones delicados en forma de semillas de calabaza y envolvĂa las otras cadenas del cuello como una guirnalda exterior, colgando hasta la cintura o incluso más abajo y creando capas que daban volumen y un efecto cascada al conjunto del pecho.
En el hombro izquierdo llevaba el haritchiya: un broche ornamental grande y elaborado, con pedrerĂa y motivos mĂticos, que fijaba con precisiĂłn el drapeado del osariya para evitar que se deslizara, al tiempo que añadĂa un punto focal brillante.
En las manos y los brazos portaba brazaletes gruesos en capas, con eslabones grandes de coral rojo y oro grabados con patrones intrincados; aros incrustados con gemas rojas que subĂan por los antebrazos. Completaban el magnĂfico atuendo anillos brillantes en varios dedos y tobilleras finas que repicaban suavemente al caminar.
En conjunto, Sanduni no parecĂa solo una novia: era una visiĂłn poderosa, como una musa del antiguo reino de Ceilán materializada a inicios del siglo XXI.
La combinaciĂłn del osariya con esa cascada de oro reluciente creaba un contraste mágico entre la suavidad de la tela y el peso opulento de la joyerĂa, todo bajo la luz del atardecer que hacĂa destellar cada particularidad de su atavĂo. Era natural quedarse hipnotizado.
La blusa, aunque más fluida que la del novio, conservaba un aire noble y palaciego. Sus bordados densos —en oro, plata y sutiles toques de color— evocaban exactamente el lujo que yo habĂa imaginado en mi cuento para la reina Amoria: opulencia sin ostentaciĂłn burda, un esplendor que parecĂa emanar de las cortes antiguas sin necesidad de rigidez militar, solo pura elegancia.
En los puños destacaban detalles exquisitos: pedrerĂa incrustada en oro y perlas colgantes que, capturando la luz, añadĂan un brillo vivo a sus movimientos. Sin olvidar el tocado principal: un ornamento frontal colocado en el centro de la frente, con un colgante prominente en forma de lágrima y delicadas cadenas que se extendĂan hacia los lados.
Lo complementaban los adornos en el cabello: flores de jazmĂn frescas entrelazadas con hilos de oro, peinetas ornamentadas y pequeñas piezas que aportaban volumen y fragancia al conjunto.
En su totalidad, el tocado no era un simple accesorio; parecĂa una corona digna de una soberana.
En los pies llevaba tobilleras finas, delicadas cadenas de oro y sandalias ornamentadas cuyos bordados asomaban sutilmente bajo el dobladillo del osariya.
En resumen, una presencia imponente, cargada de oro reluciente que capturaba cada destello, con un equilibrio perfecto entre la gracia etĂ©rea del osariya y el peso simbĂłlico —casi sagrado— de la joyerĂa. Ambos brillaban bajo los tĂmidos rayos de un sol que parecĂa retirarse avergonzado, incapaz de competir con semejante poderĂo ceremonial.
A medida que iniciaron su paseĂllo triunfal hacia el interior, los novios avanzaron por el tĂşnel humano formado por los invitados.
En ese instante, una magnĂfica lluvia de pĂ©talos comenzĂł a caer sobre ellos: blancos, rosas, escarlatas, rojos intensos y violetas que danzaban en el aire como una nevada multicolor.

Sobre el autor
Alfonso Corchero es autor de Entre el asfalto y el incienso, una obra nacida de la experiencia, la observaciĂłn y la bĂşsqueda interior. Su escritura explora las contradicciones del ser humano, los momentos en que lo cotidiano se quiebra y las experiencias que nos obligan a mirar hacia dentro. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, sus relatos invitan al lector a reconocerse en el camino, las dudas y las transformaciones de quien aprende a cruzar sus propios umbrales.