El reino de Ceylan 🇪🇸


Cuando aparqué el coche a dos calles de la dirección marcada en el mapa, tomé el papel de nuevo entre mis manos como oro en paño.
Fue inevitable que irrumpiera en ese instante el recuerdo de Martina y de su sobre de papel reciclado cargado de dinamita, aquel que me entregĂł como si la cosa no fuera con ella.
Creo haber mencionado ya lo prodigioso que es el universo; por si lo he olvidado, lo hago ahora para que quede constancia:
¡el universo es maravilloso!
En cambio, este sobre que aferraba entre mis dedos era de un algodĂłn ligeramente acolchado que se sentĂ­a como tela fina.
«Pillowy, señor Kiran», habría dicho el bueno de Kasun de haber estado sentado a mi lado en mi nuevo automóvil. Con un lazo de color granate que cruzaba el lacre en forma de cruz, hecho de un material metálico al tacto, similar al papel de aluminio, el sobre refulgía como el sol mismo cuando los últimos rayos del atardecer lo golpeaban, justo antes de que el astro rey se retirara a descansar.
De camino al local —marcado en el mapa con un círculo rojo—, iba pensando en cómo me las arreglaría durante la velada para socializar.
Mis conocimientos de inglés no habían avanzado ni un ápice en esos dos meses y aquello, no cabía duda, representaba un obstáculo serio. Peor aún: no había garantía de que todos los invitados esrilanqueses lo hablaran con fluidez, o siquiera de que tuvieran ganas de esforzarse en hacerlo.
SabĂ­a perfectamente que, cuando personas de la misma nacionalidad se reĂşnen en un paĂ­s extranjero, tienden a refugiarse en su lengua materna para comunicarse con comodidad.
Si a eso sumábamos que se trataba de un banquete de boda tradicional, con toda la familia y los conocidos cercanos —algunos llegados expresamente desde Sri Lanka solo para la ocasión—, las probabilidades de encontrar a algún invitado europeo eran remotas; las de dar con un suizo, francamente, nulas.
Al girar hacia la Morgentalstrasse, me topé de pronto con un formidable tumulto de gente apiñada ante un enorme portón de metal negro. Me quedé clavado en el sitio al darme cuenta de que, en esa velada, me sentiría como un limón metido en una caja de naranjas.
El miedo escénico me asaltó —no hasta el punto de paralizarme, pero sí lo suficiente como para obligarme a detenerme unos instantes antes de unirme al grupo—.
Necesitaba observar con detenimiento lo que, a poco más de veinte metros del portón, se me antojaba un auténtico espectáculo.
No creo exagerar si digo que en toda mi vida no había presenciado un derroche de colorido y elegancia llevado a tal grado de excelencia. Me alegré de haberme detenido en aquella esquina; quería grabar en la retina esa imagen que superaba en fantasía a cualquier cosa que hubiera escrito en mis relatos.
Sobre todo por el factor cultural: una vez que estuviera entre ellos, ya no podrĂ­a examinar con tanta minuciosidad los detalles.
Los caballeros, en líneas generales, seguían un código de vestimenta formal: pantalones y chaquetas en tonalidades sobrias —negro, azul marino o gris— y corbata en la mayoría de los casos. Lo que más destacaba eran los relojes de pulsera dorados —quién sabe si de oro verdadero— y los broches discretos en corbatas y solapas, adornados con gemas brillantes pero sin ostentación.
Las damas, en cambio, eran un espectáculo cromático difícil de igualar: una explosión de tonalidades en sus atuendos, con bordados magistrales en plata, oro y toda clase de colores entrelazados.
Muchas vestían el osariya tradicional —ese drapeado fluido con su característico volante en la cintura— en cremas, dorados, rojos intensos, verdes esmeralda o azules profundos. Iban cargadas de una joyería que relucía bajo las luces del atardecer: capas de cadenas, colgantes elaborados, brazaletes gruesos y tocados frontales que les conferían un aire oriental casi aristocrático.
Una vez logré aplacar mi curiosidad más acuciante, decidí acercarme para integrarme al grupo que aguardaba la entrada triunfal de los novios. Aún quedaban rayos solares, aunque ya tibios, así que opté por mantener las gafas de sol puestas: una forma discreta de observar cuanto me rodeaba sin llamar demasiado la atención.
Aunque, a juzgar por cómo me acechaban —del primero al último de los invitados— desde que me uní a ellos, mi intento de pasar desapercibido resultó bastante inútil.
Tras un par de minutos, pareciĂł que aceptaban mi presencia en el banquete, pues algunos de los hombres empezaron a sonreĂ­r.
La verdad es que, rodeado de tantos esrilanqueses curiosos, me sentía como un auténtico mono de feria. Las mujeres eran bastante más sutiles en su forma de mirar, pero no por ello menos fisgonas.
¿Qué hacer en una situación así? «Sonreír, querido», dictó la voz de mi intuición. Así que activé el modo «radar de buque de guerra»: giraba la cabeza de un lado a otro esgrimiendo una sonrisa fresca, sin detenerme en nadie concreto, repartiendo la atención como quien barre el horizonte.
De repente, estalló un clamor generalizado y todos giraron el cuello en la misma dirección. No había duda: los novios estaban a punto de aparecer. Con un golpe seco seguido de un chirrido tremendo, el portón metálico se abrió de par en par.
Al instante, comenzaron a sonar los tambores —un ritmo alegre y profundo que se instalaba directamente en el pecho—. A eso le siguió un trino agudo, vibrante y prolongado que emitían varias de las mujeres presentes, cargando la escena de una emocionalidad tan desbordante que parecía que iban a levantar el vuelo… y yo con ellas.
Alzaron los brazos al unísono y se colocaron a ambos lados del portón, formando un pasillo humano perfecto ante la inminente llegada de los afortunados. Aproveché ese instante de frenesí colectivo para posar la mirada en las invitadas que tenía más cerca; en concreto, en los magníficos saris con pliegues frontales marcados y cola larga —en rojos intensos o marfil con bordados de oro reluciente— con los que estaban ataviadas.
Tras elevar los brazos para formar el pasillo, dejaron a la vista unos extraordinarios tatuajes de henna que cubrĂ­an manos y antebrazos; en algunas, incluso los dedos lucĂ­an patrones florales que parecĂ­an cobrar vida bajo la luz del atardecer.

No podía pasar por alto los gráciles nathori: esas delicadas cadenas de oro que conectaban el piercing de la nariz con el de la oreja, formando una curva elegante a lo largo de la mejilla. No eran piezas modestas en absoluto; por el tamaño, el peso y la cantidad de eslabones y colgantes, supuse que eran joyas reservadas para ocasiones tan especiales como esta, no algo para el día a día. Debía de resultar incómodo, pero las lucían con una naturalidad que quitaba el aliento.
Entonces, comenzaron a sonar unas trompetas profundas y resonantes que no lograba ver desde mi posición; más tarde supe que eran conchas marinas utilizadas como instrumentos ceremoniales.
Su sonido era grave, ancestral, casi hipnótico. Entonces, con paso solemne y lento —como príncipes de Oriente entrando a palacio—, hicieron su aparición Sanduni y Kasun.
¡Qué elegancia! ¡Qué poderío!
Fue un privilegio inmenso contemplar una imagen tan inspiradora y, al mismo tiempo, tan tierna. No sé por dónde empezar a describir aquella escena rebosante de luz, color y un señorío indiscutible que me dejó perplejo por la riqueza de sus matices.
Comenzando por Kasun: vestía su traje nilame negro bordado en oro y zapatos de cuero reluciente. Llevaba un fajín muy ancho con hebillas doradas llamado kamarabandha —según me explicaron después—, que combinaba con varias cadenas de oro al cuello y un broche ornamentado sobre la solapa, cuya pedrería brillaba como estrellas diminutas.
La chaqueta tenía un evidente parecido con un uniforme militar colonial británico —hombros estructurados, corte entallado, bordados densos—, pero para rematar el toque regio, a un costado de la cintura colgaba un sable oriental ceremonial con empuñadura dorada y vaina trabajada.
En los puños, bajo las mangas de la guerrera, asomaban unos gemelos estupendos de pedrería incrustada en oro que captaban cada destello de luz.
Sin olvidar el turbante o thoppiya: hecho de terciopelo negro, con bordados densos en oro y plata, motivos ornamentales y un adorno central elevado en la parte frontal que se erguía como una cresta majestuosa. En definitiva, más que un turbante parecía una corona baja acolchada de cuatro puntas, digna de un noble del antiguo reino de Kandy.
Ahora hablemos de la novia, Sanduni, que era de una hermosura inconcebible. VestĂ­a su osariya tradicional: seis metros de tela en tonos crema, biscuit, blanco marfil y dorado muy claro. La tela estaba profusamente tejida con hilos de oro y plata, perlas, lentejuelas y pedrerĂ­a que formaban motivos florales y sĂ­mbolos que, para mĂ­, resultaban desconocidos.
El estilo era inconfundible: el característico neriya —un volante fruncido y voluminoso alrededor de la cintura—, la pota —el extremo suelto del sari drapeado con gracia sobre el hombro izquierdo— y una blusa ajustada de cuello redondo que le otorgaba un aire noble y recatado.
Todo ello se combinaba con una joyería impresionante y pesada —como si portara el peso simbólico de una tradición milenaria— y cadenas de oro en múltiples capas que brillaban con cada movimiento.
Los colgantes o padakkam eran elaborados: motivos de cisne, símbolos florales de prosperidad y el poderoso makara —esa criatura mítica mitad pez y mitad dragón, guardián y protector en la mitología cingalesa—.
Cerca del cuello lucía el karapatti: un collar ajustado como una gargantilla, ancho y majestuoso, con un gran pendiente central del que destacaba una piedra excepcional: una gema roja brillante. Luego venía la peti malaya, la cadena más larga de todas, cuyo nombre significa literalmente «guirnalda de pétalos».
Estaba hecha de eslabones delicados en forma de semillas de calabaza y envolvía las otras cadenas del cuello como una guirnalda exterior, colgando hasta la cintura o incluso más abajo y creando capas que daban volumen y un efecto cascada al conjunto del pecho.
En el hombro izquierdo llevaba el haritchiya: un broche ornamental grande y elaborado, con pedrería y motivos míticos, que fijaba con precisión el drapeado del osariya para evitar que se deslizara, al tiempo que añadía un punto focal brillante.
En las manos y los brazos portaba brazaletes gruesos en capas, con eslabones grandes de coral rojo y oro grabados con patrones intrincados; aros incrustados con gemas rojas que subĂ­an por los antebrazos. Completaban el magnĂ­fico atuendo anillos brillantes en varios dedos y tobilleras finas que repicaban suavemente al caminar.
En conjunto, Sanduni no parecía solo una novia: era una visión poderosa, como una musa del antiguo reino de Ceilán materializada a inicios del siglo XXI.
La combinación del osariya con esa cascada de oro reluciente creaba un contraste mágico entre la suavidad de la tela y el peso opulento de la joyería, todo bajo la luz del atardecer que hacía destellar cada particularidad de su atavío. Era natural quedarse hipnotizado.

La blusa, aunque más fluida que la del novio, conservaba un aire noble y palaciego. Sus bordados densos —en oro, plata y sutiles toques de color— evocaban exactamente el lujo que yo había imaginado en mi cuento para la reina Amoria: opulencia sin ostentación burda, un esplendor que parecía emanar de las cortes antiguas sin necesidad de rigidez militar, solo pura elegancia.
En los puños destacaban detalles exquisitos: pedrería incrustada en oro y perlas colgantes que, capturando la luz, añadían un brillo vivo a sus movimientos. Sin olvidar el tocado principal: un ornamento frontal colocado en el centro de la frente, con un colgante prominente en forma de lágrima y delicadas cadenas que se extendían hacia los lados.
Lo complementaban los adornos en el cabello: flores de jazmín frescas entrelazadas con hilos de oro, peinetas ornamentadas y pequeñas piezas que aportaban volumen y fragancia al conjunto.
En su totalidad, el tocado no era un simple accesorio; parecĂ­a una corona digna de una soberana.
En los pies llevaba tobilleras finas, delicadas cadenas de oro y sandalias ornamentadas cuyos bordados asomaban sutilmente bajo el dobladillo del osariya.
En resumen, una presencia imponente, cargada de oro reluciente que capturaba cada destello, con un equilibrio perfecto entre la gracia etérea del osariya y el peso simbólico —casi sagrado— de la joyería. Ambos brillaban bajo los tímidos rayos de un sol que parecía retirarse avergonzado, incapaz de competir con semejante poderío ceremonial.
A medida que iniciaron su paseĂ­llo triunfal hacia el interior, los novios avanzaron por el tĂşnel humano formado por los invitados.
En ese instante, una magnífica lluvia de pétalos comenzó a caer sobre ellos: blancos, rosas, escarlatas, rojos intensos y violetas que danzaban en el aire como una nevada multicolor.


Sobre el autor

Alfonso Corchero es autor de Entre el asfalto y el incienso, una obra nacida de la experiencia, la observaciĂłn y la bĂşsqueda interior. Su escritura explora las contradicciones del ser humano, los momentos en que lo cotidiano se quiebra y las experiencias que nos obligan a mirar hacia dentro. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, sus relatos invitan al lector a reconocerse en el camino, las dudas y las transformaciones de quien aprende a cruzar sus propios umbrales.

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